lunes 23 de mayo de 2011

¿Qué será del ingeniero Guerinoni?: Memorias de un excelente maestro que no estudió educación



En: Revista Signo Educativo del Consorcio de Centros Educativos Católicos del Perú, Año XX, N ° 197, Mayo de 2011.

(*) Iván Montes Iturrizaga

Era abril de 1982 y comenzaba el 3er año de media en mi querido colegio de los Hermanos Maristas en Barranco (El “San Luis”). Sinceramente, no tenía mayores ambiciones, solo estaba contento de regresar al lugar que dejé en el 5to de primaria al fallecer mi padre. Toda esta vuelta fue posible gracias al generoso aporte del Comité de Damas del plantel. Ellas sabían bien que no era un alumno aplicado y solo tenían constancia de mi buen comportamiento.

Ya con el ritmo de las clases abandoné tempranamente – a las tres semanas de iniciar el año escolar - mi esperanza de salir invicto ese año. No entendía mucho de matemáticas, de ciencias y de inglés. En las otras materias, y si bien comprendía alguito, me rendía de impotencia al no poder enfrentar el dinamismo de los exámenes, asignaciones y exposiciones. Pero lo más terrible de este panorama, es que no tenía la mayor motivación por aprender. En esos años literalmente estaba en blanco y solo disfrutaba leyendo en la casa de mi abuela (frente al colegio) los “comics” con la biografía de los científicos más relevantes del siglo XIX y XX. Esta colección era de mi tío “Calulo” y en ese momento no imaginaba la gran influencia que tuvo él en mi vocación por la investigación.

Luego del primer período recibí mi libreta de notas con un equilibrio perfecto entre los días laborables y “feriados”. Mi instinto de supervivencia me sugirió una meta realista: al menos no repetir el año escolar. Con esa temprana resignación ya no tenía ni cuadernos de los cursos donde ya había tirado la toalla. Sin embargo, los pocos cuadernos que tenía estaban muy bien decorados con mis dibujos de “Meteoro”, “Ultra Siete” y la nave espacial de “Zankukay”. Era el menor de mi promoción y a pesar de estar en tercero de media todavía podía entretenerme todo un sábado jugando “tumba cachaquito” con mis hermanos David y Tito.

A los pocos meses mi madre quemó su último cartucho de paciencia. Ella empezó una peregrinación muy diversa en pro de una cura para mis males estudiantiles. Primero, me llevó a un pastor evangélico para que me saque los “espíritus de la flojera” en una especie de exorcismo. En otra ocasión tiró una carta al pozo de Santa Rosa pidiendo por mi ortografía. Nada de esto funcionó e incluso pasé por un curandero formado en las huaringas que me hizo una “limpia” especializada en despertar cerebros adormecidos. Ante los fracasos en el terreno paranormal mi madre estaba realmente desesperada con esta situación y cada día más aterrada con mi total pasividad.

Empecé así –obligado para variar- con un tratamiento psicológico muy extraño. En cada sesión el terapeuta me miraba fijamente a los ojos y no me decía nada. Así, pasaron las sesiones y nunca me formuló ni una sola pregunta. Llegó un momento en que pensé que esta persona me ahorcaría y me metería a la maletera de su auto para luego lanzarme por el malecón de Barranco. Luego de muchos años - y gracias a mis estudios de psicología - comprendí que se me quiso someter a una terapia lacaniana, que si bien sirve en el plano clínico, es ineficaz para los problemas de aprendizaje escolar.

Pero mi madre, terca como ella sola, seguía buscando una solución a mi problema. Es así que ella leyendo los avisos económicos de El Comercio encontró un sencillo aviso que decía algo así: “profesional le enseña a estudiar a su hijo”. De inmediato, ella cogió el teléfono y habló esperanzada con un señor de apellido Guerinoni que se presentó como un ingeniero con mucha experiencia ayudando a jóvenes como yo. Había surgido una nueva esperanza.

Al día siguiente, a las 4:00 pm, un señor tocaba el timbre de la casa de mi abuela. Era como de 55 años, pequeño de estatura, con poco cabello y vestía con una camisa a cuadritos azul con blanco. Me saludó muy educadamente y me dijo de inmediato “trae lo que tienes que estudiar”. Hice caso, y ya con mis libros y coloridos cuadernos, nos sentamos en la mesa del comedor. Acto seguido, sacó solemnemente un lapicero naranja de plástico, de esos que con una leve rotación deja salir la punta como por arte de magia. Luego, pidió hojas blancas y me dijo: “ahora verás como estudio historia y por favor mira con atención como vamos comprendiendo y resumiendo en un cuadro sinóptico”.

Durante una media hora observé con atención como el ingeniero Guerinoni leía en voz alta, releía las partes difíciles y dibujaba con pulcritud el mencionado recurso visual. Después, me explicó que todo texto podía ser resumido y recordado si es que lo habíamos entendido. A las pocas semanas me enseñó a ordenar mis útiles, a lavarme la cara al sentir algo de cansancio y a estudiar para los exámenes. Pero en cada técnica siempre estaba presente un principio que me repetía constantemente: comprender, analizar y resumir en un cuadrito o dibujo.

Al poco tiempo, aprendí realmente a estudiar con disciplina e interés. Empecé a sacar notas aprobatorias y descubrí que si me lo proponía era capaz de comprender todo lo que quisiera. Si bien no le puse interés a las matemáticas y al inglés (cursos que seguí desaprobando pero ya por opción de vida) todo lo demás empezó a cobrar sentido en mi interior pues había aprendido un modo para enfrentar los contenidos escolares.

Para mí era una alegría ver llegar, siempre puntual, al ingeniero Guerinoni todos los martes y jueves a la casa de mi abuela paterna. Pero el día de la despedida inevitablemente llegó cuando me dijo con cariño: “Mira hijito, ya sabes estudiar y me siento orgulloso de ti, no dejes de practicar lo que hemos estado viendo todos estos meses y tengo la seguridad de que te irá siempre bien”. Nos dijimos adiós y nunca más lo volví a ver. Nunca pude agradecerle todo lo que hizo por mí. Lo he buscado por años sin éxito y me lamento también por no haber escrito antes un artículo sobre este connotado personaje, que quizá, le cambió la vida a muchas personas tal como lo hizo conmigo.

Han pasado casi 30 años desde que el ingeniero Guerinoni me enseñó a estudiar. Él me convenció de que no era un joven con alguna deficiencia intelectual. Él me educó con el ejemplo y modeló en mí una serie de destrezas importantísimas que nadie me había enseñado. Él me dejó un legado que me ha sirvió para enfrentar con éxito y graduarme con honores en mis estudios universitarios de pre y postgrado en las universidades más exigentes del Perú y el extranjero. Y aún ahora, donde sigo estudiando como parte inherente de mis actividades como catedrático, investigador y escritor, no tengo más que un método nunca superado que aprendí de ese ingeniero tan carismático que manejaba con elegancia ese curioso lapicero de plástico.

¿Qué será de Guerinoni?, ¿Estará con vida?, ¿Cómo lo puedo ubicar? Estas son las preguntas que me hago constantemente desde hace mucho. Incluso, sueño despierto y me imagino que sería encontrarlo en las calles de Barranco para poder agradecerle por todo lo que hizo por mí.


1 comentarios:

Raquel dijo...

Ejemplo, constancia y dominio de lo que hacía son las características que resalto en el trabajo de Gueroni con Ud.
De hecho, creo que este testimonio podría ser un excelente estímulo para muchos maestros que trabajan con adolescentes. Otro detalle que rescato de Gueroni es que supo dirigirse siempre con respeto hacia Ud. y fue puntual en su trabajo, pienso que esos requisitos hicieron que le recuerde con admiración posterior el trabajo que hizo con Ud.