jueves 26 de marzo de 2009

¿Maestro o alumno?, ¿Quién es el protagonista?



Fuente: Publicado en la Revista Signo del mes de Abril del 2009 (se actualizará este dato en cuanto salga la revista)







¿Maestro o alumno?, ¿Quién es el protagonista?

Iván Montes Iturrizaga

En el marco de las reformas educativas de la década pasada se introdujo en nuestro sistema educativo el planteamiento de que el énfasis tendría que recaer en el aprendizaje (estudiante) y no tanto en la enseñanza (maestro). Se dijo que en la educación tradicional era el profesor el dueño de la verdad que desplegaba un rol autoritario con respecto al alumno. Ante esto se propugnó que el profesor tenía que renunciar a ser el artífice para asumir una nueva faceta: facilitador del trabajo de sus estudiantes. Es así que se impregnó en nuestro sistema educativo una peligrosa ideología antinómica que enfrentó al siempre inseparable binomio profesor – alumno.

Lo más raro de esto es que en ningún documento encontramos afirmaciones con respecto al rol dominante del profesor. Tampoco, existen escritos que afirmen que lo más importante sea enseñar o que el alumno tiene que someterse en el acto didáctico y por ende perder su voluntad.

De todos modos, no podemos negar que la educación contemporánea se sustenta en sólidos conocimientos científicos y alcances tecnológicos. Asimismo, el avance de la didáctica ha hecho posible que los estudiantes aprendan de manera más rápida y alcancen elevados niveles en el dominio cognoscitivo. Sin embargo, esto no nos puede llevar a disgregar lo que siempre tiene que ser importante y vital para que el acto educativo se plasme.

De esta manera, tenemos que considerar que tanto el maestro como el estudiante son protagonistas. Ambos juegan roles diferentes pero complementarios. El que enseña tendrá que esmerarse por conocer muy bien a quien aprende a fin de presentar los nuevos contenidos de manera significativa. Todo esto supone un trabajo profesional y humano más completo y optimizado con respecto al pasado. El alumno por su lado, tendrá que estar en disposición para aprender (aquí también el enseñante tiene que intervenir) y entregarse con responsabilidad a su tarea estudiantil.

En esta relación profesor – alumno no hay un protagonista único. Los dos tienen que encontrarse y desempeñar sus oficios con convicción. Ninguno es más importante que el otro. Es así que por siempre quien enseña necesitará al alumno para realizarse en su tarea formadora. Por su parte, quien aprende precisará un maestro experto que sea capaz de suscitar su desarrollo. Por tanto, no podríamos colocar el acento ni en la enseñanza ni en el aprendizaje.

Es probable, que este absurdo enfrentamiento esté sustentado en las posturas constructivistas de corte radical que se han instalado en nuestro contexto escolar. Para los defensores de esta posición: la realidad no existe, sino se construye; el profesor ya no enseña, sino facilita al estilo de un simple animador de grupos; y, el alumno no aprende de otro más conocedor, sino por arte de magia a través del descubrimiento autónomo, entre otros planteamientos que no dejan de ser seductores slogans.

De otro lado, se suma a lo anterior la manera dogmática y apocalíptica en que el sistema educativo peruano (y de gran parte de América Latina) viven las reformas. Es así que, lejos de asumir lo nuevo como una mejora o un aporte, se trata de desterrar toda forma pasada bajo el pretexto de que el “nuevo paradigma” es la panacea que se debe de imponer para modernizar lo educativo. Lamentablemente, este estilo ha predominado en los cambios que hemos venido experimentando en los últimos 40 años.

Ante esto, pensamos que lo más prudente sería no desprendernos de los saberes y las prácticas pedagógicas tradicionales si es que nos siguen mostrando pertinencia. Es más, en la mayoría de los casos, lo nuevo en pedagogía obedece a desarrollos teóricos y tecnológicos que en estricto constituyen un aporte a lo que ya se viene haciendo. Por tanto, no siempre tenemos que ver los recientes aportes como realizaciones que entran en conflicto con lo que acontece en las aulas.

Tampoco, podemos aceptar que se falte el respeto a los maestros peruanos, que se formaron muy bien hace 30 ó 40 años, con prédicas que se han empeñado en deslegitimar lo que aprendieron. Se dice, por ejemplo, que Bloom, Gagné o Skinner ya pasaron a la historia o que los objetivos educacionales son cosa del pasado. Paradójicamente, lo que ignoran muchos especialistas del sector es que los aportes de los autores mencionados han sido considerados como pilares fundamentales para las reformas que levantaron la bandera del aprendizaje significativo en los 90´s (vease “Psicología y Curriculum” de César Coll Salvador). O también, se ignora con frecuencia que los diseños curriculares actuales (en Perú y en muchísimos países) se elaboran en gran medida gracias al legado tecnológico del psicólogo norteamericano Robert Gagné (se recomienda el libro “The legacy of Robert M. Gagné”, Editado por Rita C. Richey en el 2003).

Creemos que una actitud mucho más realista, analítica e integradora debería mediar en la dilucidación acerca de la valía o no de los nuevos saberes pedagógicos. Del mismo modo, estamos convencidos que esas antinomias (alumno – profesor; enseñanza – aprendizaje; lo viejo – lo nuevo) y dogmatismos le hacen más daño que bien a nuestra educación.


jueves 5 de marzo de 2009

Los textos escolares: crónica de un pasado mejor


Fuente: Publicado en Quincenario Encuentro, Edicion 22, del 20 de Febrero al 5 de Marzo de 2009.






Los textos escolares: crónica de un pasado mejor


Iván Montes Iturrizaga

Antiguamente los textos escolares tenían una vida más larga. Se pasaba de mano en mano a un familiar o a un amigo cercano a fin de que se usen al año entrante. En su defecto, se vendía a un módico precio de contar con un buen estado de conservación. De esta manera, un texto resistía el paso del tiempo y servía muy bien para beneficiar a muchos niños y no solo a uno.

En esos tiempos, los libros contenían una buena cantidad de contenidos y actividades sugeridas, que por lo general, se tenían que hacer en hojas aparte. No tenían vistosos colores como los de ahora, pero servían para el propósito. También, existían las recordadas enciclopedias que comprendían las principales materias en un solo volumen. Amén de los compendios de Historia del Perú y los exquisitos textos de Gustavo Pons Muzzo que hoy harían sufrir a los alumnos de los primeros años de cualquier universidad. Como olvidar también el “Libro Amigo” con cuentos muy bien concebidos, ilustraciones que marcaron época y trabalenguas que seguro muchos aún recordamos con cariño.

En ese marco, los profesores nos instaban a que cuidemos los textos. Ellos siempre pensaban que nos podían servir en el futuro (como de hecho si ocurría) o que simplemente un familiar tenía que asumir la posta. Se nos enseñaba el amor por los libros y el sentido comunitario al saber que otro niño llevaría pronto en sus manos lo que tanto nos estaba sirviendo en ese momento.

Pero los tiempos cambian y no siempre para bien. Hace unos 15 años, tal vez más, so pretexto de un constructivismo mal entendido se empezaron a gestar transformaciones en la concepción de lo que era un texto escolar. Es así que se empezó a cuestionar absurdamente a la enciclopedia al punto que se la vinculó con el “enciclopedismo”. También, se propugnó: la colorida diagramación a ultranza; el desmedro de los contenidos sustentado en erróneo razonamiento de que la capacidad es lo más importante; la idea de que todo tiene que ser divertido; y, que estos materiales tenían que contar con espacios para que los alumnos escriban sus respuestas. En síntesis, los textos se modificaron drásticamente para convertirse en productos desechables, light en cuanto al tratamiento de los diferentes tópicos y poco alineados a las tendencias pedagógicas actuales.

En el fondo todo esto significó un gran negocio que solo beneficia a las grandes empresas editoriales. Estas hicieron creer a muchos profesores que el conocimiento se renueva todos los años, y por ende, un texto se tornaría en caduco luego de 10 meses de uso. La estrategia de marketing que cristaliza este discurso sin fundamento es sencilla: cambios en el diseño; algunas variaciones de color; y, la inserción de algunas fotos de los artistas y políticos de moda (para este año seguro que la novedad será Obama). Al final y al cabo se entregan productos novedosos cuando en esencia siguen siendo los mismos.

Se podría argumentar también que el currículo escolar (diseño curricular nacional) cambia constantemente, y por ende, los textos tienen que cambiar. De considerar cierto tanto dinamismo cultural, son los profesores los principales responsables de incorporar estos nuevos saberes en su planificación y desarrollar los materiales, guías o fichas más adecuadas. El trabajo de actualizar es parte de las actividades docentes y no hay razón alguna para desplazar esta responsabilidad al bolsillo de las familias.

Nada justifica la compra de textos nuevos todos los años. Frente a este panorama, tenemos que seguir los buenos ejemplos de unos pocos colegios que ya han puesto freno al juego comercial de las editoriales. Esto, gracias al establecimiento de los “bancos de libros” como un sistema eficiente para aprovechar los textos por al menos 3 ó 4 años. Pero el Ministerio de Educación también tendría que repensar su política de textos, estableciendo mecanismos para sustentar una vigencia mayor de los mismos y una calidad cercana a estándares internacionales.

La política de textos tiene que sustentarse en razonamientos pedagógicos y realistas. No podemos dejar este espacio a las editoriales que más bien están –en su gran mayoría- preocupadas por incrementar sus ganancias cada año.