
Facultades de Educación: protagonistas del cambio. ENCUENTRO – Quincenario de Análisis e Investigación. Año 2, Edición 21, del 6 al 19 de febrero de 2009.
Las facultades de educación: protagonistas del cambio
Iván Montes Iturrizaga (*)
En las últimas décadas las pretendidas reformas educativas han estado siempre marcadas por un flujo de “arriba” hacia “abajo”. Esto significa que las decisiones de política (muchas de ellas cosméticas y escasamente integrales) se suscitan en los entornos burocráticos y en los despachos de autoridades poco versadas en el tema. Acto seguido las instancias desconcentradas y las escuelas no tienen más remedio que acatar disciplinadamente este tipo de medidas independientemente de su calidad.
Pero también participan en este panorama las facultades de educación y los institutos pedagógicos que alinean constantemente sus planes de estudios a la luz de los vaivenes del sector. En síntesis, podemos apreciar que los cambios en educación no son gestados desde los actores, que en teoría, estarían en la punta del conocimiento en asuntos pedagógicos y tendrían la experiencia de estar en día a día que acontece en las aulas.
De esta manera, en el sistema educativo peruano se evidencia un profundo divorcio entre en mundo académico – escolar y los ámbitos decisionales. Las autoridades intuyen con buena voluntad las necesidades de las instituciones educativas y en su gran mayoría ensayan medidas sin intencionalidad clara, precarias en lo técnico y desfasadas para superar nuestra crisis de calidad. Basta citar por ejemplo: la pretendida evaluación de maestros que no evaluó realmente el desempeño; la insistencia en las capacitaciones nacionales impuestas y con contenidos iguales para todos; los estándares al estilo check list para las carreras de educación, entre otras.
Pero no podemos culpar solamente al Ministerio de Educación por esta situación. Todos somos responsables de este estilo autoritario de gestionar el sistema. Sin embargo, atención especial merecen las facultades de educación que al alejarse de la investigación, la búsqueda de la verdad, el espíritu crítico, la experimentación pedagógica y la elaboración de propuestas pedagógicas no han hecho más que agudizar esta situación. Se han olvidado, casi todos los centros que forman maestros, que las reformas legítimas han emanado casi siempre de sus fuentes. Han renunciado a su responsabilidad de participar activamente y decididamente en las políticas educativas. Incluso, es probable que hayan renunciado a su papel como protagonistas para dinamizar el cambio educativo tal como si ocurre en otros países.
Habría que reconocer que tampoco existen espacios para que las facultades de educación y los maestros participen en las políticas educativas y trasciendan su actual papel de comentaristas. Este espacio se perdió en los últimos 30 años y mercería la pena recuperarlo. Para ello, será trascendental el despliegue político – técnico liderado por estas facultades y en donde participen el sindicato, el colegio de profesional, las ONG educativas y todos los profesores comprometidos con nuestros sistema educativo. Solo así el sistema educativo cambiará con pertinencia y sostenibilidad. Las facultades de educación no solo deben formar maestros, tienen que ir más allá y asumir su papel como protagonistas del cambio pedagógico. Para que esto ocurra tendrán que captar a los mejores talentos como catedráticos, establecer un vínculo más estrecho con el mundo escolar, apostar por la investigación en todas sus formas y asumir un real liderazgo en el establecimiento de consensos sociales en torno al problema educativo.
Las facultades de educación: protagonistas del cambio
Iván Montes Iturrizaga (*)
En las últimas décadas las pretendidas reformas educativas han estado siempre marcadas por un flujo de “arriba” hacia “abajo”. Esto significa que las decisiones de política (muchas de ellas cosméticas y escasamente integrales) se suscitan en los entornos burocráticos y en los despachos de autoridades poco versadas en el tema. Acto seguido las instancias desconcentradas y las escuelas no tienen más remedio que acatar disciplinadamente este tipo de medidas independientemente de su calidad.
Pero también participan en este panorama las facultades de educación y los institutos pedagógicos que alinean constantemente sus planes de estudios a la luz de los vaivenes del sector. En síntesis, podemos apreciar que los cambios en educación no son gestados desde los actores, que en teoría, estarían en la punta del conocimiento en asuntos pedagógicos y tendrían la experiencia de estar en día a día que acontece en las aulas.
De esta manera, en el sistema educativo peruano se evidencia un profundo divorcio entre en mundo académico – escolar y los ámbitos decisionales. Las autoridades intuyen con buena voluntad las necesidades de las instituciones educativas y en su gran mayoría ensayan medidas sin intencionalidad clara, precarias en lo técnico y desfasadas para superar nuestra crisis de calidad. Basta citar por ejemplo: la pretendida evaluación de maestros que no evaluó realmente el desempeño; la insistencia en las capacitaciones nacionales impuestas y con contenidos iguales para todos; los estándares al estilo check list para las carreras de educación, entre otras.
Pero no podemos culpar solamente al Ministerio de Educación por esta situación. Todos somos responsables de este estilo autoritario de gestionar el sistema. Sin embargo, atención especial merecen las facultades de educación que al alejarse de la investigación, la búsqueda de la verdad, el espíritu crítico, la experimentación pedagógica y la elaboración de propuestas pedagógicas no han hecho más que agudizar esta situación. Se han olvidado, casi todos los centros que forman maestros, que las reformas legítimas han emanado casi siempre de sus fuentes. Han renunciado a su responsabilidad de participar activamente y decididamente en las políticas educativas. Incluso, es probable que hayan renunciado a su papel como protagonistas para dinamizar el cambio educativo tal como si ocurre en otros países.
Habría que reconocer que tampoco existen espacios para que las facultades de educación y los maestros participen en las políticas educativas y trasciendan su actual papel de comentaristas. Este espacio se perdió en los últimos 30 años y mercería la pena recuperarlo. Para ello, será trascendental el despliegue político – técnico liderado por estas facultades y en donde participen el sindicato, el colegio de profesional, las ONG educativas y todos los profesores comprometidos con nuestros sistema educativo. Solo así el sistema educativo cambiará con pertinencia y sostenibilidad. Las facultades de educación no solo deben formar maestros, tienen que ir más allá y asumir su papel como protagonistas del cambio pedagógico. Para que esto ocurra tendrán que captar a los mejores talentos como catedráticos, establecer un vínculo más estrecho con el mundo escolar, apostar por la investigación en todas sus formas y asumir un real liderazgo en el establecimiento de consensos sociales en torno al problema educativo.