
La acreditación universitaria como proceso saludable. ENCUENTRO – Quincenario de Análisis e Investigación. Año 2, Edición 20, del 23 de enero al 5 de febrero de 2009.
La acreditación universitaria como proceso saludable
Iván Montes Iturrizaga (*)
Dentro de poco las universidades peruanas tendrán que enfrentar (voluntariamente) el tan ansiado y necesario proceso de acreditación. Esto implica que la instancia competente, que en nuestro país es el SINEACE (Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa), a través del CONEAU socialice un conjunto de estándares exigentes que servirán luego de sustento para el trabajo de los entes acreditadores. En este sentido, estos entes (externos) tendrán que determinar si una universidad cumple o no con los estándares generales o específicos (por carreras). Si se cumple con los estándares la universidad o el programa recibirá una certificación como una forma de reconocer públicamente su calidad.
A simple vista esto parece algo sencillo, pero no lo es. Existen una serie de condiciones y compromisos para que todo esto se cristalice adecuadamente.
En primer lugar, para que este proceso funcione y promueva mejoras será de vital importancia contar con estándares buenos que de alguna manera se constituyan en horizontes de calidad. Estándares que sean muy claros y que no den lugar a interpretaciones subjetivas. Recordemos que las experiencias anteriores desarrolladas en nuestro país plantearon acreditación sin estándares pertinentes y con fuentes de verificación escasamente asociadas con la realidad. Por ejemplo, se exigían resoluciones para sustentar la producción científica en vez de solicitar artículos publicados, asimismo, se pedían las notas de los alumnos para comprobar que aprendieron contenidos fundamentales en lugar de aplicar un test de rendimiento u observar sus desempeños. En otros casos, se dio pie a que cada universidad estipule sus propios estándares y por ende se acredite endogámica y auto-referentemente.
En segundo término, se hace necesario un cambio de mentalidad en los rectores, autoridades y en todos quienes tienen a su cargo las oficinas de acreditación universitaria. Esto es vital, pues erróneamente, se conciben estos procesos como meros despliegues encaminados a llenar formatos, acopiar documentos y elaborar planillas con todo lo que pide el estándar. De esta manera, el famoso “check list” tendría que dar paso a procesos realmente comprometidos con la calidad sostenible. Viendo las cosas de esta manera, se debe comprender que las oficinas de acreditación cumplen solo un papel animador, promotor y técnico orientado a determinar en la autoevaluación (paso previo a la evaluación externa) cómo estamos a propósito de uno o más estándares. Adicionalmente, podrían ofrecer algunas sugerencias para establecer planes de mejora o alcances sobre lo qué esta impidiendo que se alcance algún criterio de evaluación.
Sin embargo, la responsabilidad de gestionar la calidad y trabajar hacia ella recae directamente en quienes toman las decisiones al interior de las universidades. De ellos dependerá asumir –en primer término- la intención política de acreditarse e identificar las mejores opciones para solventar lo que se desea. Aquí no valen las medidas cosméticas ni soluciones rápidas para salir del paso. No olvidemos que la acreditación conducirá a una certificación con una vigencia de 4 años, y por tanto, los cambios tendrían que trastocar positivamente la estructura, los procesos y los dinamismos académicos que se viven en el día a día.
En especial, los principales desafíos estarán en el plano académico y exigirán prestar mayor atención a: la investigación científica – tecnológica; la contratación de profesores a tiempo completo; la vinculación con el mundo empresarial; la designación de autoridades con méritos académico - profesionales; y, la formación integral - humana de los alumnos, entre otros.
Se vienen tiempos nuevos en la Universidad Peruana. De todos dependerá que el proceso de acreditación sea un éxito en el Perú. Todos queremos buenos profesionales y a la vez instituciones universitarias más comprometidas e interesadas con el desarrollo nacional. Es el momento de poner el tema de la calidad en nuestras agendas. Es el momento de mirarnos al espejo, de reflexionar y de tomar decisiones verdaderamente comprometidas con la mejora de los servicios universitarios. ¡Manos a la obra!
La acreditación universitaria como proceso saludable
Iván Montes Iturrizaga (*)
Dentro de poco las universidades peruanas tendrán que enfrentar (voluntariamente) el tan ansiado y necesario proceso de acreditación. Esto implica que la instancia competente, que en nuestro país es el SINEACE (Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa), a través del CONEAU socialice un conjunto de estándares exigentes que servirán luego de sustento para el trabajo de los entes acreditadores. En este sentido, estos entes (externos) tendrán que determinar si una universidad cumple o no con los estándares generales o específicos (por carreras). Si se cumple con los estándares la universidad o el programa recibirá una certificación como una forma de reconocer públicamente su calidad.
A simple vista esto parece algo sencillo, pero no lo es. Existen una serie de condiciones y compromisos para que todo esto se cristalice adecuadamente.
En primer lugar, para que este proceso funcione y promueva mejoras será de vital importancia contar con estándares buenos que de alguna manera se constituyan en horizontes de calidad. Estándares que sean muy claros y que no den lugar a interpretaciones subjetivas. Recordemos que las experiencias anteriores desarrolladas en nuestro país plantearon acreditación sin estándares pertinentes y con fuentes de verificación escasamente asociadas con la realidad. Por ejemplo, se exigían resoluciones para sustentar la producción científica en vez de solicitar artículos publicados, asimismo, se pedían las notas de los alumnos para comprobar que aprendieron contenidos fundamentales en lugar de aplicar un test de rendimiento u observar sus desempeños. En otros casos, se dio pie a que cada universidad estipule sus propios estándares y por ende se acredite endogámica y auto-referentemente.
En segundo término, se hace necesario un cambio de mentalidad en los rectores, autoridades y en todos quienes tienen a su cargo las oficinas de acreditación universitaria. Esto es vital, pues erróneamente, se conciben estos procesos como meros despliegues encaminados a llenar formatos, acopiar documentos y elaborar planillas con todo lo que pide el estándar. De esta manera, el famoso “check list” tendría que dar paso a procesos realmente comprometidos con la calidad sostenible. Viendo las cosas de esta manera, se debe comprender que las oficinas de acreditación cumplen solo un papel animador, promotor y técnico orientado a determinar en la autoevaluación (paso previo a la evaluación externa) cómo estamos a propósito de uno o más estándares. Adicionalmente, podrían ofrecer algunas sugerencias para establecer planes de mejora o alcances sobre lo qué esta impidiendo que se alcance algún criterio de evaluación.
Sin embargo, la responsabilidad de gestionar la calidad y trabajar hacia ella recae directamente en quienes toman las decisiones al interior de las universidades. De ellos dependerá asumir –en primer término- la intención política de acreditarse e identificar las mejores opciones para solventar lo que se desea. Aquí no valen las medidas cosméticas ni soluciones rápidas para salir del paso. No olvidemos que la acreditación conducirá a una certificación con una vigencia de 4 años, y por tanto, los cambios tendrían que trastocar positivamente la estructura, los procesos y los dinamismos académicos que se viven en el día a día.
En especial, los principales desafíos estarán en el plano académico y exigirán prestar mayor atención a: la investigación científica – tecnológica; la contratación de profesores a tiempo completo; la vinculación con el mundo empresarial; la designación de autoridades con méritos académico - profesionales; y, la formación integral - humana de los alumnos, entre otros.
Se vienen tiempos nuevos en la Universidad Peruana. De todos dependerá que el proceso de acreditación sea un éxito en el Perú. Todos queremos buenos profesionales y a la vez instituciones universitarias más comprometidas e interesadas con el desarrollo nacional. Es el momento de poner el tema de la calidad en nuestras agendas. Es el momento de mirarnos al espejo, de reflexionar y de tomar decisiones verdaderamente comprometidas con la mejora de los servicios universitarios. ¡Manos a la obra!
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