Dr. Iván Montes Iturrizaga (*)
(Publicado en Signo Educativo, Abril de 2008)
Existe un amplio consenso en señalar que la televisión es un medio importantísimo para llevar a los hogares cultura, modelos, entretenimiento, diversión e información de todo tipo. Por tanto, la programación televisiva tiene o debería de tener una legitimidad en la medida en que respete la dignidad plena de la persona humana. Pero a la vez, tenemos que considerar a la televisión en el plano de la colaboración (al menos en su faceta positiva) pues nunca ocupará el papel protagónico que le compete a la familia y en especial a los padres.
Se hace este último señalamiento en vista a que en los últimos años muchos expertos, padres de familia y psicólogos se refieren a la televisión como una entidad con voluntad propia de encenderse en cada una de las casas. Muestra de esto es que muchas de las críticas la responsabilizan de causar agresión, violencia y de los innumerables males sociales que nos aquejan. Pero estos señalamientos, se presentan con frecuencia descontextualizados de los entornos familiares o sociales donde la televisión tiene un lugar especial. En otras palabras, hablamos de la televisión como si la televisión “nos prendiera a nosotros”. Hablamos de la televisión como si la televisión de desplazara autónomamente al cuarto de nuestros hijos para mostrar a horas inadecuadas programas para adultos. Hablamos de la televisión y exigimos de ella aquello que muchas veces no estamos en condiciones de practicar en nuestras propias vidas. Hablamos de la televisión como quien habla de un “otro legítimo” a quien culpabilizamos por lo mal que esta el Perú.
Al fin y al cabo, la televisión no tiene la culpa de la informalidad, del caos vehicular, de las adicciones, del maltrato infantil y de las violaciones a menores. Nosotros tenemos el poder y la libertad para escoger el tipo de programa que más nos convenga o que más nos aporte en un determinado momento. Una cosa es que no nos guste un programa y otra cosa diferente es plantear censura con respecto a estos. Si no nos gusta un programa no lo veamos. Si deseamos que nuestros niños desarrollen el hábito de la lectura, entonces no les pongamos una televisión en el dormitorio. El problema no es la televisión como medio. El problema somos nosotros pues como televidentes o dueños de los aparatos debemos de hacer valer nuestra libertad con responsabilidad y nuestra autoridad como padres, maestros y orientadores.
¿La TV culpable de los males del Perú?
Pero regresando al tema de la programación televisiva y su impacto vemos que no podemos otorgarle tanto peso en la conducta de nuestros alumnos e hijos. Claro está, sería ideal una programación mucho más constructiva y humana. Todos sabemos que el menú televisivo deja mucho que desear y seguramente muchos programas como el de la “abogada de los pobres” tendría que prohibirse por violar una serie de derechos y exponer a menores de edad. Sin embargo, la problemática social no estaría causada por lo que vemos en esa caja enchufada a la pared. Múltiples investigaciones tanto de laboratorio como de seguimiento han demostrado que los modelos humanos son mucho más eficientes que los modelos no humanos (televisivos).
Asimismo, se demuestra que la televisión no siempre causa conductas de imitación o el refuerzo de actitudes negativas. Todo esto debido a que el ser humano no es un receptáculo pasivo de la realidad, sino más bien, que es capaz de confrontar esa realidad televisiva a la luz de sus circunstancias actuales. Aquí es necesario reconocer que en los niños este proceso reflexivo es aún rudimentario y por tanto algunos programas podrían llegar a confundirlos. Pero felizmente la TV no es la única vía de contacto con la realidad y por tanto su impacto debe considerar otros factores y los entornos donde los niños se despliegan. No olvidemos que también tenemos programas infantiles de gran valía que tienen como intención el proyectar mensajes positivos y la práctica de valores. Otros programas no tienen una intención formativa, pero al menos, brindan entretenimiento y no existiría problema alguno con verlos. Seamos sinceros, nosotros como maestros o padres no nos podemos engañar. ¿O acaso vemos siempre History Channel o Discovery Health cuando llegamos a casa después de nuestras labores?
Volviendo al impacto, y siguiendo al psicólogo norteamericano Albert Bandura, podríamos afirmar que los niños estarán más predispuestos a imitar una conducta televisiva (no humana) que corresponda a la dinámica o a los modelos familiares. Por ejemplo, un niño que es expuesto a programas infantiles en donde se hace hincapié en no ensuciar las calles o en no maltratar las plantas reforzará esas conductas positivas en mayor medida si es que en su casa esos valores tienen un lugar especial. De igual modo, y en sentido negativo, si un niño vive en un ambiente conflictivo, violento y poco comunicativo tendrá mayores probabilidades de verse afectado negativamente por toda una serie de programas televisivos con claras muestras de agresividad descontrolada.
No podemos negar que la televisión podría enseñar cosas positivas o negativas a los niños y a los propios adultos. Así, el televidente aprende un conjunto de conductas, hábitos, actitudes y formas de ser. Pero ese aprender no necesariamente se ejercita si es que no se dan las condiciones familiares para ello. En otras palabras un niño puede apreciar en un programa muchas formas de hacerle daño a otro niño (por ejemplo en una serie tan inocente y formativa como “La Familia Ingalls”) pero no repetirá tales comportamientos si es que ha sido criado en un entorno pacífico y de respeto a los otros.
Reflexión final
Tenemos claro que la familia es la principal responsable de la educación de los hijos y de instaurar en ellos modelos positivos. Si la sociedad peruana esta con múltiples problemas la televisión no es la culpable. Tampoco podemos esperar que este aparato sustituya nuestro deber como padres y maestros comprometidos. La sociedad peruana quizás este más enferma que nuestra programación local. Aquí la solución más razonable no sería el seguir extravagantes enfoques pedagógicos o modelos que prohíben a los alumnos todo contacto con la TV. No podemos educar a nuestros alumnos e hijos en una burbuja e instaurarles el miedo. El real desafío radicaría en asumir la responsabilidad de formadores e incluir pautas muy claras para forjar ciudadanos críticos ante la televisión.
En este marco los padres en primera instancia deben de procurar un buen uso de la TV por parte de sus hijos. No solo escogiendo los programas junto con ellos, sino también, acompañándolos y verbalizando con sin sobresaltos los aspectos que merecerían ser aclarados, resaltados o puestos en contexto. Ahora bien, si queremos que esto se cumpla no sería una buena política regalar a nuestros hijos pequeños una televisión para que la coloquen en su dormitorio. Este aparato, ojala uno solo en toda la casa, tendría que estar en un lugar donde se pueda compartir e intercambiar puntos de vista. Un espacio público al interior de nuestros hogares a fin de supervisar inteligentemente, acompañar y estar siempre al tanto (no con actitud policial) de lo que se ve y de lo que se comenta al respecto.
La mejor prevención de los males sociales y de la programación televisiva negativa es el ejemplo que como padres y maestros podemos brindar a nuestros niños. De ser así, es probable que la sociedad mejore y la televisión sea un fiel reflejo de lo bueno que somos como peruanos. Las cosas no se dan al revés ni mucho menos valdría la pena lamentarnos sobre lo mal que andan las cosas en la televisión cuando lo primero que tenemos que hacer es preguntarnos si estamos cumpliendo a cabalidad en nuestro rol de formadores. Lamentablemente, el mundo de los adultos es tan inconsistente muchas veces y no hace más que confundir, desorientar y maleducar. Lo penoso de todo esto es que los niños y jóvenes no tienen el poder de “apagar” a esos malos modelos de carne y hueso con un control remoto. En el mundo real no existe el semáforo de la censura y de ahí que la coherencia es el único camino posible. De nada serviría atacar a la TV cuando en un centro educativo o familia reina la discordia, la agresión, el abuso, el desorden y la falta de comprensión. Miremos primero esa gran pantalla que es nuestra propia realidad, juzguemos y actuemos siempre teniendo como horizonte el despliegue de la persona humana. Todo un desafío que nos corresponde a nosotros y no a la televisión.
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