Iván Montes Iturrizaga (*)
Publicado en Signo Educativo, Enero 2008
Cuando se conocieron los resultados del Perú en los estudios internacionales de rendimiento se lanzó el programa de emergencia educativa como una medida coyuntural encargada a frenar las incesantes críticas y demandas por una mejora en la calidad de nuestras escuelas. Esta medida – más cosmética que pedagógica - no ha llegado a ser una solución a nuestros problemas pues parte del razonamiento: “nuestros rendimientos están mal debido a que los profesores están enseñando deficientemente y las escuelas no están funcionando adecuadamente”. Esto puede tener algo de verdad, pero es muy difícil que se alcancen aprendizajes al más alto nivel si es que no se aplican también correctivos en otras instancias de trascendental importancia. En este caso, y si queremos desarrollar estándares de rendimiento y de oportunidades para aprender, sería vital que comencemos por fijar estándares para el accionar del Ministerio de Educación.
La idea es clara. El Ministerio de Educación no puede exigir a los profesores un desempeño óptimo en el marco de un programa de emergencia (o de otro tipo) si es que no declaramos primero una emergencia al interior del Ministerio de Educación. Una emergencia que exigiría cambiar drásticamente la manera en que se comprende y se gestiona la política de nuestro sistema educativo. En este sentido, plantearé a manera de ejemplo algunos aspectos donde se estima conveniente desarrollar y aplicar estándares. Veamos:
a) Estándares para contratar a los especialistas y funcionarios
Un Ministerio interesado en la educación tendría que velar por la calidad profesional y humana de las personas que desempeñarán roles decisivos para el avance del sistema. Lamentablemente, es frecuente apreciar a especialistas, funcionarios e incluso asesores que no tienen mayor conocimiento del fenómeno educativo ni la experiencia necesaria. Esto es verdaderamente un problema puesto que los puestos protagónicos no deberían ser espacios para “aprender de educación” ni mucho menos para pagar favores políticos recibidos o por recibir. Hay que reconocer, que si bien existe un puñado de profesionales muy calificados, esa no es la constante que caracteriza a las personas que laboran en el sector.
Comencemos por los especialistas de las direcciones regionales y de las UGE. Muy pocos pueden evidenciar estudios profesionales y de postgrado en centros de excelencia. Muy pocos evidencian producción intelectual como artículos, investigaciones o participación en eventos de gran envergadura. Muy pocos asumen una función formativa, orientadora y saludable para con las escuelas. Muy pocos son aceptados como legítimos representantes del talento pedagógico peruano. Para empeorar el panorama el rol que les asigna el Ministerio de Educación es pobre y se circunscribe básicamente al control burocrático de documentos, formatos y fichas que las instituciones educativas están obligados a llenar.
De igual manera se tendrían que plantear estándares desempeño que permitan contratar a funcionarios que ocupan las unidades y direcciones nacionales. Esto es importante pues muchos de los problemas de incoherencia entre nuestras políticas y los sucesivos cambios sin sentido son fruto de la improvisación de personas escasamente versadas en asuntos educativos. Quien sabe, estos cargos puedan seguir siendo políticos pero se tendría que privilegiar a la persona con mejores calificaciones. De no ser así, la designación política seguirá siendo irresponsable y seguirá dañando la integridad de nuestro sistema.
b) Estándares para analizar la pertinencia de una norma o resolución
Hoy en día nos encontramos bombardeados por una gran cantidad de normativas incoherentes entre sí, impracticables o escasamente pertinentes. Pareciera ser que muchas normativas son elaboradas con mucho apresuramiento, sin la debida consulta y sin haber desarrollado una experiencia práctica que nos ayude a determinar su valía. Pongamos, por ejemplo, nuestras normas de evaluación de los últimos 15 años. Se cambio de la escala vigesimal a connotar los aprendizajes con letras. Luego se publica una escala para pasar de números a letras y de letras a números. Se dijo que la evaluación era cualitativa por el simple hecho de usar letras cuando en realidad da lo mismo que usemos al final pues lo importante es la actitud, la evidencia que generamos y manera en que evaluamos de cara a la toma de decisiones optimizadoras. Se ensayaron formatos complicados que obligaron a muchos colegios a tener doble registro para no hacer engorrosos reportes. Se confundió evaluación con calificación y por ende hubo (y hay) la pretensión ministerial de que todo tiene considerarse en registros.
Un estándar en esta dimensión podría exigir una adecuada justificación sustentada en la ciencias de la educación. También podría ser importante que estas normativas sean consultadas con expertos o consultores externos. Asimismo, que estas normativas sean probadas en un grupo reducido de escuelas a fin de conocer su pertinencia. Quien sabe sea importante crear en el Ministerio de Educación una instancia encargada de velar por la calidad de estas realizaciones y certificar una norma antes de su publicación en el Diario El Peruano.
c) Estándares para experimentar (piloto) un proyecto o programa
En las últimas ddécadas se ha puesto de moda el hablar de “plan piloto” o “programa experimental”. Aparentemente suena muy bien, pero se tiene la impresión de que estos pilotos se hacen con la intención de aprobar como sea el programa que supuestamente se está experimentando. O también, cabría preguntar si un piloto o una fase experimental tendría que se tan amplia, costosa y considerar cientos de instituciones educativas. O por último, si se hace un piloto supuestamente tendrían que presentarse los resultados de tal experiencia. ¿ Dónde están estos resultados de los innumerables pilotos de los últimos años?
Se piensa que un conjunto de estándares podría ayudar para que estos procesos sean verdaderamente experimentales. Esto implica considerar un grupo reducido de escuelas, diseñar adecuadamente los experimentos, contratar gente externa experta en estos estudios, desarrollar instrumentos e indicadores para ponderar objetivamente los impactos del programa y diseñar un sistema de monitoreo pertinente que permita optimizar las acciones en el proceso mismo.
d) Estándares para acreditar espacios de capacitación docente
En los últimos años el Ministerio de Educación ha venido ofreciendo espacios de capacitación docente ya sea gestionados internamente o a través del Plan Nacional de Capacitación Docente (PLANCAD) y con la participación de los llamados entes ejecutores. En ambas figuras el nivel de las capacitaciones ha sido irregular. Tenemos así que en el propio Ministerio de Educación no existen parámetros claros para ofrecer una capacitación de calidad. Más aún, se supone equivocadamente que el llamado “efecto multiplicador” (o efecto “teléfono malogrado”) tiene un impacto positivo y que es posible que una persona no especialista en un tema pueda dictar un curso luego de haber escuchado a un verdadero experto en la ciudad de Lima por unas cuantas horas.
En este caso, y en vista a que la capacitación es una tarea inherente del Ministerio, tendrían que existir estándares claros y de nivel internacional para diseñar espacios de capacitación. Asimismo, se tendrían que tener estándares para poder valorar las diferentes propuestas de entrenamiento y actualización que se presentan a las convocatorias del Ministerio.
Adicionalmente, consideramos que el Ministerio de Educación podría ofrecer certificaciones (sustentadas en estándares públicos) a los cursos de capacitación que ofrecen hoy en día ONG, empresas privadas, facultades de educación y asociaciones educativas en general. Esto podría ser importante pues hoy en día no hay instancia alguna que diga a las comunidades educativas qué cursos o seminarios cumplen un mínimo de calidad. De esta manera las diversas entidades podrían acreditar sus curso ante el Ministerio de Educación y recibirían un código de registro que podría ser mencionado en la difusión de los mismos.
Reflexión final
En este escrito se ha querido poner de manifiesto la necesidad de contar con estándares de política educativa. Estos serían imprescindibles para generar las condiciones para desarrollar los otros tipos de estándares como son los de rendimiento o aprendizajes escolares. Lamentablemente, no existe aún el clima favorable para sentar una política de calidad (estándares) en nuestro sistema educativo. Un indicador de ello es que a la fecha no contamos con una mirada común, no sabemos hacia dónde vamos y no nos sentamos a conversar hacia dónde queremos ir. Las medidas cosméticas, los parches y la improvisación son sellos característicos de nuestro sistema educativo.
En este panorama, se piensa que de un proyecto educativo nacional podría desprenderse el hacia dónde ir y también el cómo queremos ir. Ese “cómo queremos ir” se vincula directamente con la necesidad de determinar qué condiciones o estándares tendrían que vertebrar nuestras políticas educativas. Tener estándares no es un lujo. Tener estándares de política es una necesidad urgente para nuestro sistema educativo. Las condiciones tendrían que darse dejando de lado los intereses partidarios y los protagonismos. Comencemos por casa, comencemos por el Ministerio de Educación. No hay emergencia que funcione cuando el principal artífice del sistema esta más enfermo que todos y es incapaz de mirarse en el espejo.
Cuando se conocieron los resultados del Perú en los estudios internacionales de rendimiento se lanzó el programa de emergencia educativa como una medida coyuntural encargada a frenar las incesantes críticas y demandas por una mejora en la calidad de nuestras escuelas. Esta medida – más cosmética que pedagógica - no ha llegado a ser una solución a nuestros problemas pues parte del razonamiento: “nuestros rendimientos están mal debido a que los profesores están enseñando deficientemente y las escuelas no están funcionando adecuadamente”. Esto puede tener algo de verdad, pero es muy difícil que se alcancen aprendizajes al más alto nivel si es que no se aplican también correctivos en otras instancias de trascendental importancia. En este caso, y si queremos desarrollar estándares de rendimiento y de oportunidades para aprender, sería vital que comencemos por fijar estándares para el accionar del Ministerio de Educación.
La idea es clara. El Ministerio de Educación no puede exigir a los profesores un desempeño óptimo en el marco de un programa de emergencia (o de otro tipo) si es que no declaramos primero una emergencia al interior del Ministerio de Educación. Una emergencia que exigiría cambiar drásticamente la manera en que se comprende y se gestiona la política de nuestro sistema educativo. En este sentido, plantearé a manera de ejemplo algunos aspectos donde se estima conveniente desarrollar y aplicar estándares. Veamos:
a) Estándares para contratar a los especialistas y funcionarios
Un Ministerio interesado en la educación tendría que velar por la calidad profesional y humana de las personas que desempeñarán roles decisivos para el avance del sistema. Lamentablemente, es frecuente apreciar a especialistas, funcionarios e incluso asesores que no tienen mayor conocimiento del fenómeno educativo ni la experiencia necesaria. Esto es verdaderamente un problema puesto que los puestos protagónicos no deberían ser espacios para “aprender de educación” ni mucho menos para pagar favores políticos recibidos o por recibir. Hay que reconocer, que si bien existe un puñado de profesionales muy calificados, esa no es la constante que caracteriza a las personas que laboran en el sector.
Comencemos por los especialistas de las direcciones regionales y de las UGE. Muy pocos pueden evidenciar estudios profesionales y de postgrado en centros de excelencia. Muy pocos evidencian producción intelectual como artículos, investigaciones o participación en eventos de gran envergadura. Muy pocos asumen una función formativa, orientadora y saludable para con las escuelas. Muy pocos son aceptados como legítimos representantes del talento pedagógico peruano. Para empeorar el panorama el rol que les asigna el Ministerio de Educación es pobre y se circunscribe básicamente al control burocrático de documentos, formatos y fichas que las instituciones educativas están obligados a llenar.
De igual manera se tendrían que plantear estándares desempeño que permitan contratar a funcionarios que ocupan las unidades y direcciones nacionales. Esto es importante pues muchos de los problemas de incoherencia entre nuestras políticas y los sucesivos cambios sin sentido son fruto de la improvisación de personas escasamente versadas en asuntos educativos. Quien sabe, estos cargos puedan seguir siendo políticos pero se tendría que privilegiar a la persona con mejores calificaciones. De no ser así, la designación política seguirá siendo irresponsable y seguirá dañando la integridad de nuestro sistema.
b) Estándares para analizar la pertinencia de una norma o resolución
Hoy en día nos encontramos bombardeados por una gran cantidad de normativas incoherentes entre sí, impracticables o escasamente pertinentes. Pareciera ser que muchas normativas son elaboradas con mucho apresuramiento, sin la debida consulta y sin haber desarrollado una experiencia práctica que nos ayude a determinar su valía. Pongamos, por ejemplo, nuestras normas de evaluación de los últimos 15 años. Se cambio de la escala vigesimal a connotar los aprendizajes con letras. Luego se publica una escala para pasar de números a letras y de letras a números. Se dijo que la evaluación era cualitativa por el simple hecho de usar letras cuando en realidad da lo mismo que usemos al final pues lo importante es la actitud, la evidencia que generamos y manera en que evaluamos de cara a la toma de decisiones optimizadoras. Se ensayaron formatos complicados que obligaron a muchos colegios a tener doble registro para no hacer engorrosos reportes. Se confundió evaluación con calificación y por ende hubo (y hay) la pretensión ministerial de que todo tiene considerarse en registros.
Un estándar en esta dimensión podría exigir una adecuada justificación sustentada en la ciencias de la educación. También podría ser importante que estas normativas sean consultadas con expertos o consultores externos. Asimismo, que estas normativas sean probadas en un grupo reducido de escuelas a fin de conocer su pertinencia. Quien sabe sea importante crear en el Ministerio de Educación una instancia encargada de velar por la calidad de estas realizaciones y certificar una norma antes de su publicación en el Diario El Peruano.
c) Estándares para experimentar (piloto) un proyecto o programa
En las últimas ddécadas se ha puesto de moda el hablar de “plan piloto” o “programa experimental”. Aparentemente suena muy bien, pero se tiene la impresión de que estos pilotos se hacen con la intención de aprobar como sea el programa que supuestamente se está experimentando. O también, cabría preguntar si un piloto o una fase experimental tendría que se tan amplia, costosa y considerar cientos de instituciones educativas. O por último, si se hace un piloto supuestamente tendrían que presentarse los resultados de tal experiencia. ¿ Dónde están estos resultados de los innumerables pilotos de los últimos años?
Se piensa que un conjunto de estándares podría ayudar para que estos procesos sean verdaderamente experimentales. Esto implica considerar un grupo reducido de escuelas, diseñar adecuadamente los experimentos, contratar gente externa experta en estos estudios, desarrollar instrumentos e indicadores para ponderar objetivamente los impactos del programa y diseñar un sistema de monitoreo pertinente que permita optimizar las acciones en el proceso mismo.
d) Estándares para acreditar espacios de capacitación docente
En los últimos años el Ministerio de Educación ha venido ofreciendo espacios de capacitación docente ya sea gestionados internamente o a través del Plan Nacional de Capacitación Docente (PLANCAD) y con la participación de los llamados entes ejecutores. En ambas figuras el nivel de las capacitaciones ha sido irregular. Tenemos así que en el propio Ministerio de Educación no existen parámetros claros para ofrecer una capacitación de calidad. Más aún, se supone equivocadamente que el llamado “efecto multiplicador” (o efecto “teléfono malogrado”) tiene un impacto positivo y que es posible que una persona no especialista en un tema pueda dictar un curso luego de haber escuchado a un verdadero experto en la ciudad de Lima por unas cuantas horas.
En este caso, y en vista a que la capacitación es una tarea inherente del Ministerio, tendrían que existir estándares claros y de nivel internacional para diseñar espacios de capacitación. Asimismo, se tendrían que tener estándares para poder valorar las diferentes propuestas de entrenamiento y actualización que se presentan a las convocatorias del Ministerio.
Adicionalmente, consideramos que el Ministerio de Educación podría ofrecer certificaciones (sustentadas en estándares públicos) a los cursos de capacitación que ofrecen hoy en día ONG, empresas privadas, facultades de educación y asociaciones educativas en general. Esto podría ser importante pues hoy en día no hay instancia alguna que diga a las comunidades educativas qué cursos o seminarios cumplen un mínimo de calidad. De esta manera las diversas entidades podrían acreditar sus curso ante el Ministerio de Educación y recibirían un código de registro que podría ser mencionado en la difusión de los mismos.
Reflexión final
En este escrito se ha querido poner de manifiesto la necesidad de contar con estándares de política educativa. Estos serían imprescindibles para generar las condiciones para desarrollar los otros tipos de estándares como son los de rendimiento o aprendizajes escolares. Lamentablemente, no existe aún el clima favorable para sentar una política de calidad (estándares) en nuestro sistema educativo. Un indicador de ello es que a la fecha no contamos con una mirada común, no sabemos hacia dónde vamos y no nos sentamos a conversar hacia dónde queremos ir. Las medidas cosméticas, los parches y la improvisación son sellos característicos de nuestro sistema educativo.
En este panorama, se piensa que de un proyecto educativo nacional podría desprenderse el hacia dónde ir y también el cómo queremos ir. Ese “cómo queremos ir” se vincula directamente con la necesidad de determinar qué condiciones o estándares tendrían que vertebrar nuestras políticas educativas. Tener estándares no es un lujo. Tener estándares de política es una necesidad urgente para nuestro sistema educativo. Las condiciones tendrían que darse dejando de lado los intereses partidarios y los protagonismos. Comencemos por casa, comencemos por el Ministerio de Educación. No hay emergencia que funcione cuando el principal artífice del sistema esta más enfermo que todos y es incapaz de mirarse en el espejo.
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