Dr. Iván Montes Iturrizaga
(Publicado en Signo Educativo, Noviembre de 2007)
En el contexto educativo peruano cada vez son más frecuentes las alusiones a los estándares, la evaluación externa y la acreditación institucional. Al principio, fueron las universidades peruanas quienes empezaron a comprometerse con estos procesos vía el Consejo Nacional de Autorización y Funcionamiento de Universidades (CONAFU), el sistema que acredita facultades y escuelas de medicina (CAFME), la Asamblea Nacional de Rectores (ANR) y el Consorcio de Universidades. Asimismo, otras universidades han venido recibiendo acreditaciones para sus programas de postgrado (en especial los MBA) y pregrado de manos de asociaciones de carácter internacional. Pero más recientemente, el influjo por considerar el tema de la calidad se ha posicionado también en las instituciones de imparten educación básica tanto públicas como privadas. Es probable que los poco alentadores resultados de nuestro país en los estudios internacionales de rendimiento como PISA y el Laboratorio Latinoamericano de la UNESCO hayan motivado iniciativas ya plasmadas en la reciente Ley de Educación y en la reciente Ley del Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa (SINEACE - Ley Nº 28740, 19 de Mayo de 2006).
Tal es así, que en cuanto a la educación básica, se viene comprendiendo que la auto-referencia es un aliado poco confiable para afirmar si somos o no de calidad. Por su parte los padres de familia no solo esperan que sus hijos accedan a la escuela, sino también, que su paso por esta les signifique una alternativa para dignificarse como personas e insertarse con solvencia en el mundo del trabajo o en la educación superior. De esta manera el Estado, los padres y la sociedad en su conjunto han dado ya los primeros pasos para instaurar en nuestro país una cultura de calidad. Sin embargo, para que todo esto tenga efecto positivo, no sería suficiente el mero hecho de evaluar a los profesores, escuelas y autoridades. De nada serviría evaluar indiscriminadamente todo y a todos si es que primero no generamos condiciones apropiadas para el que sistema educativo pueda mejorar y apuntar a la tan ansiada calidad. En otras palabras, no sería tan ético evaluar sabiendo que quien evaluará es en gran medida uno de los responsables de nuestros históricos problemas de calidad y pertinencia del sector educación.
¿Qué son los estándares entonces?
Ahora bien, debemos de comprender que cuando hablamos de estándares nos estamos refiriendo a un conjunto aspectos que definen la calidad de algo y que por tanto tendrían que cristalizarse de manera inaplazable, trascendental y fundamental. Así cuando hablamos de estándares de rendimiento hacemos alusión a un puñado de capacidades, contenidos o competencias que tendrían que alcanzarse al menos por todos los estudiantes peruanos como una forma de estrechar las brechas cognitivas y sociales que existen entre los diferentes estratos y ámbitos (rural y urbano). Por tanto, para que estos estándares de rendimiento o de aprendizaje se cristalicen haría falta de un conjunto de condiciones políticas, institucionales, pedagógicas y económicas a las que la historiadora de la educación D. Ravitch llama: estándares de oportunidades para aprender. Esto es importante, pues de una u otra manera los estándares de rendimiento tendrían que condicionar una alineación de las diferentes políticas del sector, como por ejemplo: textos, capacitación, formación inicial, materiales, horario escolar, infraestructura e incluso del propio accionar de los especialistas de los órganos intermedios. Por esta razón los procesos para implementar estándares son largos, y exigen ante todo, una firme decisión por optimizar el sistema educativo por encima de cualquier interés político, partidario o comercial.
Importancia de ser proactivo en todo momento
Pero el declarar que este proceso es de largo aliento no tendría que significar por ningún motivo pasividad por parte de los cuerpos directivos de las instituciones educativas. No podemos darnos el lujo de ser espectadores de lo que pasa y recién promover procesos de mejora cuando la mesa este servida. Es recomendable que, e independientemente que prosperen o no los esfuerzos por dar cuerpo al SINEACE, las instituciones pueden hacer mucho por elevar la calidad de los servicios educativos que brindan. He ahí uno de los retos de la gestión en estos momentos: actuar de cara a estándares; ejercitar la evaluación externa a través de consultores o pares; y, estar preparados para cualquier proceso de acreditación sea este nacional o internacional. Todo esto será posible si es que el director asume un liderazgo comprometido con la calidad, y sabe integrar en torno a esto, a todos los agentes de la comunidad educativa.
Las posibilidades son muchas y quien sabe lo primero que podría hacer un director es formar un grupo de estudios que se encargue de empaparse sobre el movimiento de estándares en América Latina, Estados Unidos y Europa (en la Web del Grupo de Trabajo en Estándares y Evaluación del PREAL hay una excelente biblioteca www.preal.org). Acto seguido se podría comenzar con la revisión de estándares de rendimiento de otros países a fin de apreciar qué semejanzas y diferencias existen con nuestra actual estructura o diseño curricular. Esto podría posibilitar que la propia institución elabore una serie de estándares (al menos en las asignaturas o áreas de desarrollo de comunicación y lógico matemática) que transmitan con claridad los aprendizajes mínimos indispensables que tendrían que conquistar todos los alumnos de la institución. Esta primera etapa orientada a la construcción de estándares de rendimiento de por sí generaría una reflexión acerca de la naturaleza, finalidad y alcances de cada área de desarrollo en su contribución a forjar un perfil de ser humano integral.
Ya con los estándares de rendimiento se podrían alinear una gran cantidad de decisiones institucionales como la compra de textos, el tipo de material concreto, los proyectos de innovación y las capacitaciones que serían necesarias para alcanzar los estándares. Esto es importante, pues sino tenemos claro hacia dónde queremos ir, caeríamos en la conclusión que cualquier cosa da lo mismo en ausencia de horizontes previamente definidos. Este proceso puede tardar unos cuantos meses o años pero a la larga ofrecerá frutos importantes en beneficio de los alumnos.
Pero también los directores, y en compañía de sus profesores, pueden ir gestando estándares no vinculados directamente con el rendimiento pero que si lo afectan. Por ejemplo, se podría incluso comenzar una política formulando estándares para las movilidades escolares avaladas por la institución. También, los kioscos escolares tendrían que regirse por estándares de limpieza, manipulación de alimentos y calidad de los mismos. En este último ejemplo, el exigir guantes, mandiles, gorros para sujetar el cabello y la venta de productos realmente nutritivos que sean coherentes con los buenos hábitos que se enseñan dentro de la escuela serían iniciativas muy valoradas por los padres de familia. No nos olvidemos de que también se pueden adaptar y/o construir estándares para la biblioteca, uso de laboratorios y paseos escolares de carácter académicos o de esparcimiento. Las oportunidades para ejercer una seria reflexión comprometida por la calidad abundan en las instituciones que imparten educación básica. Solo bastaría preguntarnos si lo que estamos haciendo en tal o cual área se sustenta en algún estándar, parámetro o criterio que defina calidad para saber que estamos frente a un desafío por mejorar.
El problema es que durante muchas décadas el sistema educativo peruano (y en especial la educación básica) ha marchado sin que nadie rinda cuentas de sus logros. Si no hay estándares es común observar que cada entidad define la calidad a su manera y realzando lo que consideran como bueno. Así, tenemos colegios que asumen que el ganar una olimpiada de matemática o ciencias es ser de calidad o usan como criterio de excelencia la cantidad de alumnos que ingresaron a la universidad (esto sería válido sí los exámenes fueran pertinentes y valoren competencias relevantes). Otros destacan la infraestructura, que ganaron el gallardete en un desfile (¿cuántas horas habrán perdido por marchar?) o que su equipo de baloncesto ganó los juegos regionales. Este es el escenario de la auto-referencia y no hace más que reforzar un círculo vicioso de penosos resultados para nuestro sistema educativo.
Importancia de la evaluación externa y los consultores
Los directores también podrían observar el acontecer de escuelas de elevado prestigio y que cuentan con el respaldo de entidades culturales, internacionales o de cooperación. En este caso, el organizar una visita muy bien coordinada y documentarse acerca de cómo hacen o cómo gestionan un aspecto que nos interesa daría muchas luces para nuestro propio acontecer institucional. Otra sugerencia se asocia más con la evaluación externa y tiene que ver con la posibilidad de que nuestros pares o escuelas de excelencia puedan apreciar nuestro acontecer y emitir un juicio de valor, ojala sobre la base de un estándar o parámetro. En este caso, se podría invitar a una entidad que sabemos encarna esos estándares para que nos diga cómo estamos. También, la contratación de un consultor externo nos serviría de mucho para ir familiarizándonos con la evaluación externa.
De hecho que el principal inconveniente para la evaluación externa gestionada por el propio establecimiento sería para muchos la falta de dinero. Esto es verdad. Pero también tendría que valorarse que muchas veces se invierte en capacitaciones y material que no impactan significativamente en la calidad. En este caso, es probable que un análisis costo–beneficio arroje que es pertinente contratar a un consultor. Aquí la experiencia enseña que un buen experto en un solo día de trabajo podría ayudar a solucionar problemáticas que nos han estado acompañando por muchos años. Es ahí donde radicaría el valor de que alguien externo e independiente nos observe, ya que muchas veces por estar viviendo el día a día institucional, no vemos con nitidez y objetividad qué es lo que esta sucediendo frente a nuestros ojos.
Reflexión final
Los directores tienen un gran desafío por cumplir. Ellos como líderes están llamados a seguir generando un clima propicio a favor de la calidad sustentada en estándares. La tarea no es fácil, más cuando se sabe que cualquier prédica en pro de la calidad siempre conlleva a resistencias por parte de quienes han sacado algún provecho (al menos comodidad) de la auto-referencia. De todos modos, tenemos la experiencia de un buen número de escuelas que se propusieron ser mejores hace una o dos décadas atrás y que ahora lo son. Estos son testimonios de lo que se puede hacer con perseverancia, decisión y asertividad. Es momento de asumir un compromiso auténtico por la calidad. Sin duda, la coyuntura actual y la expectancia acerca de cómo esta el Perú en los estudios internacionales y la reciente evaluación de los maestros ha permitido sentar las bases para un sistema de responsabilización y responsabilidad en nuestro país. Ahora, son los padres de familia, el Estado y la sociedad en su conjunto quienes dirigen con mayor atención sus ojos hacia la calidad de nuestra educación. Ellos, al fin y al cabo, tendrán dentro de poco tiempo elementos suficientes para juzgar si una escuela esta comprometida con la solución o si esta forma parte del problema de la educación peruana. El reto por alcanzar la calidad nos compromete a todos sin excepción. Es momento de reflexionar, participar y mirar juntos hacia los aspectos más trascendentales y relevantes que tendrían que alcanzarse para abrazar la tan ansiada calidad.
En el contexto educativo peruano cada vez son más frecuentes las alusiones a los estándares, la evaluación externa y la acreditación institucional. Al principio, fueron las universidades peruanas quienes empezaron a comprometerse con estos procesos vía el Consejo Nacional de Autorización y Funcionamiento de Universidades (CONAFU), el sistema que acredita facultades y escuelas de medicina (CAFME), la Asamblea Nacional de Rectores (ANR) y el Consorcio de Universidades. Asimismo, otras universidades han venido recibiendo acreditaciones para sus programas de postgrado (en especial los MBA) y pregrado de manos de asociaciones de carácter internacional. Pero más recientemente, el influjo por considerar el tema de la calidad se ha posicionado también en las instituciones de imparten educación básica tanto públicas como privadas. Es probable que los poco alentadores resultados de nuestro país en los estudios internacionales de rendimiento como PISA y el Laboratorio Latinoamericano de la UNESCO hayan motivado iniciativas ya plasmadas en la reciente Ley de Educación y en la reciente Ley del Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa (SINEACE - Ley Nº 28740, 19 de Mayo de 2006).
Tal es así, que en cuanto a la educación básica, se viene comprendiendo que la auto-referencia es un aliado poco confiable para afirmar si somos o no de calidad. Por su parte los padres de familia no solo esperan que sus hijos accedan a la escuela, sino también, que su paso por esta les signifique una alternativa para dignificarse como personas e insertarse con solvencia en el mundo del trabajo o en la educación superior. De esta manera el Estado, los padres y la sociedad en su conjunto han dado ya los primeros pasos para instaurar en nuestro país una cultura de calidad. Sin embargo, para que todo esto tenga efecto positivo, no sería suficiente el mero hecho de evaluar a los profesores, escuelas y autoridades. De nada serviría evaluar indiscriminadamente todo y a todos si es que primero no generamos condiciones apropiadas para el que sistema educativo pueda mejorar y apuntar a la tan ansiada calidad. En otras palabras, no sería tan ético evaluar sabiendo que quien evaluará es en gran medida uno de los responsables de nuestros históricos problemas de calidad y pertinencia del sector educación.
¿Qué son los estándares entonces?
Ahora bien, debemos de comprender que cuando hablamos de estándares nos estamos refiriendo a un conjunto aspectos que definen la calidad de algo y que por tanto tendrían que cristalizarse de manera inaplazable, trascendental y fundamental. Así cuando hablamos de estándares de rendimiento hacemos alusión a un puñado de capacidades, contenidos o competencias que tendrían que alcanzarse al menos por todos los estudiantes peruanos como una forma de estrechar las brechas cognitivas y sociales que existen entre los diferentes estratos y ámbitos (rural y urbano). Por tanto, para que estos estándares de rendimiento o de aprendizaje se cristalicen haría falta de un conjunto de condiciones políticas, institucionales, pedagógicas y económicas a las que la historiadora de la educación D. Ravitch llama: estándares de oportunidades para aprender. Esto es importante, pues de una u otra manera los estándares de rendimiento tendrían que condicionar una alineación de las diferentes políticas del sector, como por ejemplo: textos, capacitación, formación inicial, materiales, horario escolar, infraestructura e incluso del propio accionar de los especialistas de los órganos intermedios. Por esta razón los procesos para implementar estándares son largos, y exigen ante todo, una firme decisión por optimizar el sistema educativo por encima de cualquier interés político, partidario o comercial.
Importancia de ser proactivo en todo momento
Pero el declarar que este proceso es de largo aliento no tendría que significar por ningún motivo pasividad por parte de los cuerpos directivos de las instituciones educativas. No podemos darnos el lujo de ser espectadores de lo que pasa y recién promover procesos de mejora cuando la mesa este servida. Es recomendable que, e independientemente que prosperen o no los esfuerzos por dar cuerpo al SINEACE, las instituciones pueden hacer mucho por elevar la calidad de los servicios educativos que brindan. He ahí uno de los retos de la gestión en estos momentos: actuar de cara a estándares; ejercitar la evaluación externa a través de consultores o pares; y, estar preparados para cualquier proceso de acreditación sea este nacional o internacional. Todo esto será posible si es que el director asume un liderazgo comprometido con la calidad, y sabe integrar en torno a esto, a todos los agentes de la comunidad educativa.
Las posibilidades son muchas y quien sabe lo primero que podría hacer un director es formar un grupo de estudios que se encargue de empaparse sobre el movimiento de estándares en América Latina, Estados Unidos y Europa (en la Web del Grupo de Trabajo en Estándares y Evaluación del PREAL hay una excelente biblioteca www.preal.org). Acto seguido se podría comenzar con la revisión de estándares de rendimiento de otros países a fin de apreciar qué semejanzas y diferencias existen con nuestra actual estructura o diseño curricular. Esto podría posibilitar que la propia institución elabore una serie de estándares (al menos en las asignaturas o áreas de desarrollo de comunicación y lógico matemática) que transmitan con claridad los aprendizajes mínimos indispensables que tendrían que conquistar todos los alumnos de la institución. Esta primera etapa orientada a la construcción de estándares de rendimiento de por sí generaría una reflexión acerca de la naturaleza, finalidad y alcances de cada área de desarrollo en su contribución a forjar un perfil de ser humano integral.
Ya con los estándares de rendimiento se podrían alinear una gran cantidad de decisiones institucionales como la compra de textos, el tipo de material concreto, los proyectos de innovación y las capacitaciones que serían necesarias para alcanzar los estándares. Esto es importante, pues sino tenemos claro hacia dónde queremos ir, caeríamos en la conclusión que cualquier cosa da lo mismo en ausencia de horizontes previamente definidos. Este proceso puede tardar unos cuantos meses o años pero a la larga ofrecerá frutos importantes en beneficio de los alumnos.
Pero también los directores, y en compañía de sus profesores, pueden ir gestando estándares no vinculados directamente con el rendimiento pero que si lo afectan. Por ejemplo, se podría incluso comenzar una política formulando estándares para las movilidades escolares avaladas por la institución. También, los kioscos escolares tendrían que regirse por estándares de limpieza, manipulación de alimentos y calidad de los mismos. En este último ejemplo, el exigir guantes, mandiles, gorros para sujetar el cabello y la venta de productos realmente nutritivos que sean coherentes con los buenos hábitos que se enseñan dentro de la escuela serían iniciativas muy valoradas por los padres de familia. No nos olvidemos de que también se pueden adaptar y/o construir estándares para la biblioteca, uso de laboratorios y paseos escolares de carácter académicos o de esparcimiento. Las oportunidades para ejercer una seria reflexión comprometida por la calidad abundan en las instituciones que imparten educación básica. Solo bastaría preguntarnos si lo que estamos haciendo en tal o cual área se sustenta en algún estándar, parámetro o criterio que defina calidad para saber que estamos frente a un desafío por mejorar.
El problema es que durante muchas décadas el sistema educativo peruano (y en especial la educación básica) ha marchado sin que nadie rinda cuentas de sus logros. Si no hay estándares es común observar que cada entidad define la calidad a su manera y realzando lo que consideran como bueno. Así, tenemos colegios que asumen que el ganar una olimpiada de matemática o ciencias es ser de calidad o usan como criterio de excelencia la cantidad de alumnos que ingresaron a la universidad (esto sería válido sí los exámenes fueran pertinentes y valoren competencias relevantes). Otros destacan la infraestructura, que ganaron el gallardete en un desfile (¿cuántas horas habrán perdido por marchar?) o que su equipo de baloncesto ganó los juegos regionales. Este es el escenario de la auto-referencia y no hace más que reforzar un círculo vicioso de penosos resultados para nuestro sistema educativo.
Importancia de la evaluación externa y los consultores
Los directores también podrían observar el acontecer de escuelas de elevado prestigio y que cuentan con el respaldo de entidades culturales, internacionales o de cooperación. En este caso, el organizar una visita muy bien coordinada y documentarse acerca de cómo hacen o cómo gestionan un aspecto que nos interesa daría muchas luces para nuestro propio acontecer institucional. Otra sugerencia se asocia más con la evaluación externa y tiene que ver con la posibilidad de que nuestros pares o escuelas de excelencia puedan apreciar nuestro acontecer y emitir un juicio de valor, ojala sobre la base de un estándar o parámetro. En este caso, se podría invitar a una entidad que sabemos encarna esos estándares para que nos diga cómo estamos. También, la contratación de un consultor externo nos serviría de mucho para ir familiarizándonos con la evaluación externa.
De hecho que el principal inconveniente para la evaluación externa gestionada por el propio establecimiento sería para muchos la falta de dinero. Esto es verdad. Pero también tendría que valorarse que muchas veces se invierte en capacitaciones y material que no impactan significativamente en la calidad. En este caso, es probable que un análisis costo–beneficio arroje que es pertinente contratar a un consultor. Aquí la experiencia enseña que un buen experto en un solo día de trabajo podría ayudar a solucionar problemáticas que nos han estado acompañando por muchos años. Es ahí donde radicaría el valor de que alguien externo e independiente nos observe, ya que muchas veces por estar viviendo el día a día institucional, no vemos con nitidez y objetividad qué es lo que esta sucediendo frente a nuestros ojos.
Reflexión final
Los directores tienen un gran desafío por cumplir. Ellos como líderes están llamados a seguir generando un clima propicio a favor de la calidad sustentada en estándares. La tarea no es fácil, más cuando se sabe que cualquier prédica en pro de la calidad siempre conlleva a resistencias por parte de quienes han sacado algún provecho (al menos comodidad) de la auto-referencia. De todos modos, tenemos la experiencia de un buen número de escuelas que se propusieron ser mejores hace una o dos décadas atrás y que ahora lo son. Estos son testimonios de lo que se puede hacer con perseverancia, decisión y asertividad. Es momento de asumir un compromiso auténtico por la calidad. Sin duda, la coyuntura actual y la expectancia acerca de cómo esta el Perú en los estudios internacionales y la reciente evaluación de los maestros ha permitido sentar las bases para un sistema de responsabilización y responsabilidad en nuestro país. Ahora, son los padres de familia, el Estado y la sociedad en su conjunto quienes dirigen con mayor atención sus ojos hacia la calidad de nuestra educación. Ellos, al fin y al cabo, tendrán dentro de poco tiempo elementos suficientes para juzgar si una escuela esta comprometida con la solución o si esta forma parte del problema de la educación peruana. El reto por alcanzar la calidad nos compromete a todos sin excepción. Es momento de reflexionar, participar y mirar juntos hacia los aspectos más trascendentales y relevantes que tendrían que alcanzarse para abrazar la tan ansiada calidad.