jueves 19 de enero de 2012

¿Educar o informar ante los accidentes de tránsito?


Publicado en la Revista Signo Educativo, enero y febrero 2012

¿Educar o informar ante los accidentes de tránsito?, cuando el saber no es suficiente

(*) Iván Montes Iturrizaga

Los accidentes de tránsito son el pan de cada día en el país, y en especial, en Lima nuestra ciudad capital. Tal así, que todas las mañanas los titulares de los diarios y los noticieros nos ilustran sobre la cantidad de choques, muertos y personas heridas en estos hechos que poco tienen de casuales. Ante esto, pareciera ser que los peruanos nos hemos insensibilizado – o resignado - ante las macabras cifras que no se reducen a pesar de las bien intencionadas medidas gubernamentales y organismos vinculados a la problemática del transporte.

Quizá, las medidas no son lo suficientemente sistémicas como para tener el impacto deseado. O tal vez se está pensando erróneamente que los accidentes de tránsito en el Perú se ocasionan por el desconocimiento de las reglas y de ahí los programas de “educación vial” emprendidos por el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones. Tampoco faltan los que creen que los accidentes se ocasionan ante la antigüedad de nuestro parque automotor.

Hay que reconocer que este problema de los accidentes de tránsito es sumamente complejo y ameritaría decenas de medidas en simultáneo junto a nuevos marcos legales mucho más exigentes con los infractores. Sin embargo, en que respecta a la educación probablemente se ha hecho muy poco (profesionalmente hablando) y se podrán estar confundiendo los planos. Pues se verían como sinónimos el “educar” con el “informar”.

El “educar” implicaría –entre otras cosas- desarrollar sensibilidad, actitudes, valores y disposiciones ciudadana de respeto a los otros. En este sentido, el educar en temas de vialidad no necesariamente tendría que estar centrado en las reglas, sino fundamentalmente, en la instauración de pensamientos racionales, emociones saludables y comportamientos adecuados en todos los ámbitos de la vida en sociedad e incluyendo el mundo del transporte. De esta manera, una adecuada educación vial (o más bien ciudadana) tendría repercusiones en todas las esferas de la vida social.

Por otro lado, el informar es traspasar a los otros las reglas, las normas y las sanciones correspondientes bajo la creencia de que el caudal de datos en estos aspectos tendría la suficiente potencia como para hacer que las personas se conduzcan con propiedad. ¡Cosa más falsa!, ¡No nos engañemos por favor! Las charlas, los cursos a los conductores de transporte público como privado no podrían ser las medidas principales. No tapemos el sol con un dedo al pensar que la gente se choca en el Perú por no tener las reglas en su “cabeza”. La información es muy importante, pero tendría que estar inmersa en un entorno de real educación y no al margen.

Adicionalmente, podríamos afirmar que los accidentes de tránsito en el Perú no tienen nada de accidentales (accidente = casual o inadvertido), pues la gran mayoría de estos, nos remiten a imprudencias, al pensamiento mágico (“a mí no me pasará”) y a la irresponsabilidad en el consumo de bebidas alcohólicas. En otras palabras, en nuestro país los accidentes de tránsito tienen mucho que ver con una idiosincrasia muy común entre nosotros y que se proyecta en las calles, en las instituciones, en los centros comerciales, en las plazas, en la política y en los restaurantes, entre otros muchos escenarios.

En este contexto, el meterse contra el tráfico, el invadir el carril contrario, el ingresar a una estación de gasolina por la salida, el arrojar la basura desde los autos, el manejar entre “Pisco y Nazca”, el exceder los límites de velocidad, el estacionar en lugares para personas discapacitadas, el pasarse la luz roja, el no usar las luces direccionales para cambiar de carril, el no respetar el derecho de preferencia a los que están circulando en un óvalo, el no respetar la señal de “PARE”, el parquear donde no está permitido, el no tener en buen estado la luz de freno, el adelantar en carreteras por la pista auxiliar, el detener una unidad de servicio público donde sea y el tocar el claxon para que cambie “más rápido” el semáforo a verde (entre otras perlas) no son las causas sino las consecuencias del lado más penoso de una creciente subcultura individualista y depredadora que no cambiará con simples sesiones de información. Sería también innumerable la lista de imprudencias que caracterizan a los peatones peruanos en especial de las urbes. ¡Todo un necrológico deporte de aventura el ser conductor y persona de pie en el Perú!

Ante lo expuesto, y dada la complejidad de esta problemática, los educadores (y las familias) tendrán la misión de educar esas disposiciones humanas favorables para la vida respetuosa y bajo una visión más amplia. De esta manera, el educar de manera integral a las personas abarcaría también a la educación vial, y seguramente, sin necesidad de instaurar en los alumnos un conocimiento pormenorizado del Reglamento Nacional de Tránsito. De hacerlo así, probablemente se reduzcan las cifras de sangre que se van contabilizando por miles en nuestras calles y carreteras.

(*) Psicólogo Educacional y Doctor en Ciencias de la Educación de la PUC de Chile. Es Presidente de la Comisión Organizadora de Universidad La Salle (Arequipa).

jueves 23 de junio de 2011

La acreditación universitaria precisa de buenos estándares


En: Revista Signo Educativo del Consorcio de Centros Educativos Católicos del Perú, Año XX, N ° 198, Junio de 2011.

(*) Iván Montes Iturrizaga

En las universidades del Perú, y en gran parte de América Latina, se han contado siempre con instancias orientadas a la planificación y la evaluación institucional. Todo esto, en un marco prácticamente de total autonomía con respecto al poder central y en donde cada cual establecía sus propios parámetros para desarrollar sus actividades académicas. Sin embargo, y dada la marcada insatisfacción con respecto a los servicios universitarios, se empezó a comprender que la gestión auto-referente no hacía más que configurar un escenario plagado entidades de escasa talla académica. Aparecen así en el vocabulario universitario términos como “acreditación”, “autoevaluación”, “evaluación externa”, y en menor medida, “estándar”. Casi a la par se crea el SINEACE y dentro de él el CONEAU como la instancia encargada de velar por la calidad de los las universidades peruanas.

Poco a poco se fue comprendiendo (a pesar de que aún contamos con universidades de garaje que no les interesa mucho la calidad), y gracias al vertiginoso proceso de globalización e internacionalización, que la Universidad Peruana no podía estar de espaldas a lo que realmente significa este tipo de instituciones en la historia de la cultura humana. Se desnudó así una cruda realidad: la enorme distancia entre las universidades peruanas y las de los países desarrollados. Es más, se evidenció que esta brecha existía también al interior del ámbito latinoamericano y que ya no necesitábamos ir tan lejos (Estados Unidos o Europa) para encontrar universidades emblemáticas. Basta citar a países como México, Brasil y Chile que tienen desde hace décadas sistemas muy bien conducidos para promover la actividad científica, el desarrollo académico y la conquista de elevados estándares internacionales. Es así, que mientras nosotros estamos aún digiriendo la idea de que la gestión endogámica de las universidades no nos llevará a ningún lado, nuestros vecinos vienen trabajando de manera sostenida en pro de una inserción mayor en el concierto mundial de la ciencia y tecnología. Se inició así en el Perú, y a pesar de la falta de liderazgos académicos en gran parte de quienes tienen que conducir estos procesos, la era de la acreditación universitaria.

Sin embargo, en el Perú y en gran parte de América Latina, se habla muchísimo de la acreditación como un simple trámite y se obvian otros aspectos de mayor relevancia (estándares) que constituyen los cimientos de toda iniciativa por propiciar la tan ansiada calidad. Asimismo, se sigue manejando la concepción de que la acreditación equivale al cumplimiento de una serie de requisitos burocráticos y formatos que llenar. No se ve así, que el acreditarse implica necesariamente una transformación profunda en todos los ámbitos o dimensiones que configuran cultura institucional. Al parecer, estas percepciones sesgadas que se manejan mayormente en el Perú tienen que ver con el hecho de que en lugar de hablar de “estándares” se prefiere usar el denominativo de “indicadores de calidad”. Otra parte del problema es que los propios operadores de los actuales (y pasados) sistemas de acreditación no se han preocupado por profesionalizar todas las fases (y los propios marcos legales) que vertebran todo el proceso que va desde la autoevaluación a la certificación de calidad. Para muestra un botón: se sigue pensando que una ex autoridad universitaria estará en condiciones de ser un evaluador e integrar comisiones verificadoras. Esto es lamentable, pues muchas veces quienes son los culpables de nuestra tragedia universitaria (donde se salvan solo un puñado de las casi 100 universidades) luego se convierten en los encargados de ponderar la calidad de una facultad, escuela de postgrado o universidad en su conjunto.

En este marco, los estándares tendrían que ser uno de los focos de atención prioritarios. Sin ellos, y con simples indicadores de calidad, todo el proceso de acreditación no suscitaría compromisos y cambios en pro de la calidad universitaria. En este sentido, los estándares de las agencias o instancias gubernamentales deberían de ser construidos por expertos y no en simples comisiones a la luz del trillado “metaplan”. Además, estas realizaciones (estándares, marcos legales, reglamentos y procedimientos) deberían ser revisados constantemente por parte de las instituciones que están llamados a cumplirlos. Lamentablemente, en el Perú existe muy poca vocación por consensuar “técnicamente” y cotejar los estándares con los expertos de las universidades.

Quizá en estos momentos sea importante que se haga un alto en el camino para analizar todos los “indicadores de calidad” que se vienen haciendo en el marco del CONEAU, pues al parecer, se sigue perseverando en los simples criterios de eficiencia documentaria. Es así, que en lugar de señalar los componentes o condiciones de la calidad de algo, se estarían centrando en un listado de reglamentos, normas, grados académicos o condiciones de infraestructura que se tendrían que tener. De contar con estas definiciones de calidad los procesos de autoevaluación, mejoramiento interno y evaluación externa será simplemente verificar si se tiene o no a manera de “check list” o lista de cotejo. Por ejemplo, recordemos que hace algunos años se hicieron estándares para acreditar a las facultades y escuelas de medicina en el Perú. Estos estándares en su gran mayoría hablaban de tener “reglamento docente”, “sala de profesores” o “sistema de evaluación académica” pero no decían el “deber ser” de un reglamento docente, de una sala de profesores o de un sistema de evaluación académica. Es más, esta oferta de estándares se centró más en el tener que en la calidad y de ahí que las fuentes de verificación apuntaron a tener resoluciones y no en ver la realidad.

En este mismo contexto de las escuelas o facultades de medicina las explicitaciones de calidad en cuanto a la investigación estipulaban como “fuente de verificación” resoluciones del decano donde se diga que existen grupos institucionalizados. Esto, en lugar de solicitar la producción científica en forma de artículos, proyectos ganados y presentaciones en congresos arbitrados. O también, se hicieron para estas facultades de medicina estándares de rendimiento (muy buenos y profundos) que ilustraban lo que los estudiantes tenían que aprender necesariamente a lo largo de su formación. Paradójicamente, en lugar de aplicar pruebas de desempeño (por muestreo o todos) la “fuente de verificación” solamente señaló la revisión de los registros con las notas o calificativos que reportó cada docente.

Estos ejemplos de estándares difusos o centrados más en los documentos no son solo peruanos pues en gran parte de América Latina hemos tenido en menor o mayor medida este tipo de realizaciones. Para identificar este tipo de situaciones un buen sistema (que también serviría para validar) podría ser el preguntar a las oficinas de acreditación de las universidades: ¿qué hicieron para cumplir con el estándar?, ¿qué tipo de decisiones se tomaron?, ¿qué reflexión interna provocó el estándar?, ¿qué aportes a la cultura institucional suscitó el estándar?, etc. Si las respuestas a estas interrogantes se asocian más a preparar documentos o al acopio de información ya sabemos que estamos frente a este tipo de estándares indeseables para todo sistema universitario que pretenda la calidad.

Es preciso destacar que los estándares en el ámbito universitario reflejan intencionalidades que pretenden explicitar qué es una institución de calidad. Por este motivo, se construyen estándares de aprendizaje, infraestructura, biblioteca, autoridades, docentes, investigación, currículo y didácticos, entre otros. En este caso, la elaboración de estándares parte siempre de una selección de los aspectos más explicativos de lo que llamamos calidad universitaria. Se espera además, que los estándares sean movilizadores de mejoras auténticas y susciten una cultura comprometida con los mismos. Para ello, los estándares deben ser muy descriptivos y en algunos casos contar con criterios de cumplimiento claramente definidos. Tenemos que considerar que los estándares tendrían que transmitir una visión realista de lo que deben ser las universidades, y por ende, tendrían que generar interpretaciones comunes a todo aquel que pueda leerlos. En este caso, si un estándar suscita multiplicidad de comprensiones se desvirtuaría el proceso de acreditación desde su nacimiento. Imaginemos el trabajo de autoevaluación y evaluación externa sobre la base de estándares difusos y poco claros. Lo más probable es que el accionar de todos sea tan subjetivo e idiosincrático que daría lo mismo contar o no con los mismos. De todos modos, los estándares para las universidades tendrían que apuntar a lo trascendental y ofrecer la posibilidad a que cada entidad haga uso responsable de su autonomía para generar o mantener sus propios acentos que den sentido a lo que se conoce como identidad institucional.

Otro gran desafío será también el ver cómo se hace para motivar a las universidades para que se enrolen en el proceso de acreditación, que lamentablemente por ley, se ha definido como voluntario. Esto será un gran problema en el mediano plazo puesto que al fin y al cabo las universidades ya en funcionamiento no están obligadas a nada (salvo acreditar algunas pocas carreras). Aquí, se podría decir que la Ley del SINEACE contempla el desarrollo de una serie de incentivos económico - sociales para las entidades que alcancen la certificación de calidad. Esto podría sonar muy bonito en otros contextos, pero en el Perú, la gran mayoría de las universidades de dudosa reputación están rebalsando de alumnos y recursos. Estas instituciones lo que menos desean es el dinero u otras formas de apoyo estatal pues justamente descubrieron dos regularidades de nuestro sistema universitario. La primera: que en el país el mercado no regula la calidad universitaria y se puede jugar con las aspiraciones de los jóvenes. Y la segunda: que el mejor negocio es ofrecer programas de baja calidad donde cualquiera pueda obtener una titulación sin el mayor esfuerzo y con la simple condición de pagar al día su pensión y asistir regularmente a clases.

lunes 23 de mayo de 2011

¿Qué será del ingeniero Guerinoni?: Memorias de un excelente maestro que no estudió educación



En: Revista Signo Educativo del Consorcio de Centros Educativos Católicos del Perú, Año XX, N ° 197, Mayo de 2011.

(*) Iván Montes Iturrizaga

Era abril de 1982 y comenzaba el 3er año de media en mi querido colegio de los Hermanos Maristas en Barranco (El “San Luis”). Sinceramente, no tenía mayores ambiciones, solo estaba contento de regresar al lugar que dejé en el 5to de primaria al fallecer mi padre. Toda esta vuelta fue posible gracias al generoso aporte del Comité de Damas del plantel. Ellas sabían bien que no era un alumno aplicado y solo tenían constancia de mi buen comportamiento.

Ya con el ritmo de las clases abandoné tempranamente – a las tres semanas de iniciar el año escolar - mi esperanza de salir invicto ese año. No entendía mucho de matemáticas, de ciencias y de inglés. En las otras materias, y si bien comprendía alguito, me rendía de impotencia al no poder enfrentar el dinamismo de los exámenes, asignaciones y exposiciones. Pero lo más terrible de este panorama, es que no tenía la mayor motivación por aprender. En esos años literalmente estaba en blanco y solo disfrutaba leyendo en la casa de mi abuela (frente al colegio) los “comics” con la biografía de los científicos más relevantes del siglo XIX y XX. Esta colección era de mi tío “Calulo” y en ese momento no imaginaba la gran influencia que tuvo él en mi vocación por la investigación.

Luego del primer período recibí mi libreta de notas con un equilibrio perfecto entre los días laborables y “feriados”. Mi instinto de supervivencia me sugirió una meta realista: al menos no repetir el año escolar. Con esa temprana resignación ya no tenía ni cuadernos de los cursos donde ya había tirado la toalla. Sin embargo, los pocos cuadernos que tenía estaban muy bien decorados con mis dibujos de “Meteoro”, “Ultra Siete” y la nave espacial de “Zankukay”. Era el menor de mi promoción y a pesar de estar en tercero de media todavía podía entretenerme todo un sábado jugando “tumba cachaquito” con mis hermanos David y Tito.

A los pocos meses mi madre quemó su último cartucho de paciencia. Ella empezó una peregrinación muy diversa en pro de una cura para mis males estudiantiles. Primero, me llevó a un pastor evangélico para que me saque los “espíritus de la flojera” en una especie de exorcismo. En otra ocasión tiró una carta al pozo de Santa Rosa pidiendo por mi ortografía. Nada de esto funcionó e incluso pasé por un curandero formado en las huaringas que me hizo una “limpia” especializada en despertar cerebros adormecidos. Ante los fracasos en el terreno paranormal mi madre estaba realmente desesperada con esta situación y cada día más aterrada con mi total pasividad.

Empecé así –obligado para variar- con un tratamiento psicológico muy extraño. En cada sesión el terapeuta me miraba fijamente a los ojos y no me decía nada. Así, pasaron las sesiones y nunca me formuló ni una sola pregunta. Llegó un momento en que pensé que esta persona me ahorcaría y me metería a la maletera de su auto para luego lanzarme por el malecón de Barranco. Luego de muchos años - y gracias a mis estudios de psicología - comprendí que se me quiso someter a una terapia lacaniana, que si bien sirve en el plano clínico, es ineficaz para los problemas de aprendizaje escolar.

Pero mi madre, terca como ella sola, seguía buscando una solución a mi problema. Es así que ella leyendo los avisos económicos de El Comercio encontró un sencillo aviso que decía algo así: “profesional le enseña a estudiar a su hijo”. De inmediato, ella cogió el teléfono y habló esperanzada con un señor de apellido Guerinoni que se presentó como un ingeniero con mucha experiencia ayudando a jóvenes como yo. Había surgido una nueva esperanza.

Al día siguiente, a las 4:00 pm, un señor tocaba el timbre de la casa de mi abuela. Era como de 55 años, pequeño de estatura, con poco cabello y vestía con una camisa a cuadritos azul con blanco. Me saludó muy educadamente y me dijo de inmediato “trae lo que tienes que estudiar”. Hice caso, y ya con mis libros y coloridos cuadernos, nos sentamos en la mesa del comedor. Acto seguido, sacó solemnemente un lapicero naranja de plástico, de esos que con una leve rotación deja salir la punta como por arte de magia. Luego, pidió hojas blancas y me dijo: “ahora verás como estudio historia y por favor mira con atención como vamos comprendiendo y resumiendo en un cuadro sinóptico”.

Durante una media hora observé con atención como el ingeniero Guerinoni leía en voz alta, releía las partes difíciles y dibujaba con pulcritud el mencionado recurso visual. Después, me explicó que todo texto podía ser resumido y recordado si es que lo habíamos entendido. A las pocas semanas me enseñó a ordenar mis útiles, a lavarme la cara al sentir algo de cansancio y a estudiar para los exámenes. Pero en cada técnica siempre estaba presente un principio que me repetía constantemente: comprender, analizar y resumir en un cuadrito o dibujo.

Al poco tiempo, aprendí realmente a estudiar con disciplina e interés. Empecé a sacar notas aprobatorias y descubrí que si me lo proponía era capaz de comprender todo lo que quisiera. Si bien no le puse interés a las matemáticas y al inglés (cursos que seguí desaprobando pero ya por opción de vida) todo lo demás empezó a cobrar sentido en mi interior pues había aprendido un modo para enfrentar los contenidos escolares.

Para mí era una alegría ver llegar, siempre puntual, al ingeniero Guerinoni todos los martes y jueves a la casa de mi abuela paterna. Pero el día de la despedida inevitablemente llegó cuando me dijo con cariño: “Mira hijito, ya sabes estudiar y me siento orgulloso de ti, no dejes de practicar lo que hemos estado viendo todos estos meses y tengo la seguridad de que te irá siempre bien”. Nos dijimos adiós y nunca más lo volví a ver. Nunca pude agradecerle todo lo que hizo por mí. Lo he buscado por años sin éxito y me lamento también por no haber escrito antes un artículo sobre este connotado personaje, que quizá, le cambió la vida a muchas personas tal como lo hizo conmigo.

Han pasado casi 30 años desde que el ingeniero Guerinoni me enseñó a estudiar. Él me convenció de que no era un joven con alguna deficiencia intelectual. Él me educó con el ejemplo y modeló en mí una serie de destrezas importantísimas que nadie me había enseñado. Él me dejó un legado que me ha sirvió para enfrentar con éxito y graduarme con honores en mis estudios universitarios de pre y postgrado en las universidades más exigentes del Perú y el extranjero. Y aún ahora, donde sigo estudiando como parte inherente de mis actividades como catedrático, investigador y escritor, no tengo más que un método nunca superado que aprendí de ese ingeniero tan carismático que manejaba con elegancia ese curioso lapicero de plástico.

¿Qué será de Guerinoni?, ¿Estará con vida?, ¿Cómo lo puedo ubicar? Estas son las preguntas que me hago constantemente desde hace mucho. Incluso, sueño despierto y me imagino que sería encontrarlo en las calles de Barranco para poder agradecerle por todo lo que hizo por mí.


lunes 11 de abril de 2011

La pedagogía de lo político que nos dejó las elecciones presidenciales

Publicado en: En: Revista Signo Educativo del Consorcio de Centros Educativos Católicos del Perú, Año XX, N ° 196, Abril de 2011.


Iván Montes Iturrizaga

Las escuelas, universidades e institutos no son los únicos lugares para aprender. También están la familia, las asociaciones culturales y aquellos influjos sociales de mayor alcance que transmiten modos de entender, actuar y pensar nuestra vida en sociedad. Dentro de este marco de influencias sociales también se aprende mucho sobre lo que significa el ámbito político. Esto, de manera especial, tiene que ver con lo que hacen, dicen y dejan de decir nuestras autoridades, políticos, funcionarios y todo aquel que tiene una responsabilidad pública. Así por ejemplo, un alcalde preocupado por su distrito, por erradicar la pobreza, con una conducta transparente y con vocación al dialogo estará enseñando de manera significativa estas formas de comportarse entre los vecinos que integran esta comuna. Es así, que de alguna u otra manera, lo que transcurre en la esfera política podría tener un efecto muy grande como para enseñar conductas, pensamientos y disposiciones con respecto a lo que entendemos por esta actividad de servicio al país.

De manera específica, vemos que en el entorno de las elecciones presidenciales y congresales se practicó una desvirtuada pedagogía social con respecto a la política. Lamentablemente, y si bien hubo excepciones, el panorama de lo que se enseñó desde las campañas tiene más de malo que de bueno. Trataré de sintetizar mis ideas al respecto.

En primer término, se enseñó que cualquiera puede ser parlamentario o funcionario público. Se inculcó a la juventud que no se requiere ningún tipo de preparación, experiencia en el ámbito social o al menos una preocupación tangible sobre algún ámbito de la sociedad peruana. Asimismo, se insistió de manera constante que el hecho de conocer el Perú como turista o el haber sido un deportista calificado eran razones suficientes para considerar que una persona podría hacer un papel bueno en el congreso. De hecho que existe deportistas, artistas y rockeros con experiencia sindical que han desarrollado acciones muy comprometidas al interior de sus respectivos gremios. Pero, por desgracia, esto no es lo que caracterizó a nuestras listas al parlamento. Con estas acciones, casi todos los líderes de las agrupaciones políticas, dictaron cátedra de cómo hacer para que una lista de viejos “otorongos” se vea renovada, moderna y divertida al convocar a personajes, que si bien no tienen nada que decir, tienen la misión de captar votos con su popularidad.

Pero también, gran parte de nuestros políticos dictaron clases magistrales de cómo usar a su antojo la “amnesia por conveniencia”. Esto consistió en hablar de algo, y al día siguiente, decir con la mayor calma “yo no dije eso, me sacaron de contexto”. Otras formas de esta pérdida de memoria se proyectan también a olvidarse de lo que se puso originalmente en los planes de gobierno. Esto se asocia, en gran medida, al nuevo estilo de hacer política que consiste en prometer a cada caso todo lo que conviene para captar votos. En síntesis, los planes de gobierno ya no valen mucho y son relativizados para poder hacer “camino al andar”. Al parecer, se nos enseñó entre líneas y a manera de currículo oculto, que la honestidad no es el mejor amigo de un político que desea ganar.

Otras enseñanzas que ya son típicas de nuestra pedagogía social política son los mítines con show artístico. Ya los mítines de antaño con ideas sólidas y profundas reflexiones sobre la visión de país han cedido lugar a los grupos de tecno-cumbia, al infaltable bailecito de los candidatos y a las agrupaciones femeninas que calientan el ambiente político con sus diminutos atuendos ¡Que lindas enseñanzas de nuestros políticos que nos dijeron implícitamente “vengan a divertirse conmigo y si la pasan bien voten por mí”!

De otro lado, tenemos otros estilos o paradigmas que se transmitieron a la población. Se inculcó – y en especial a nuestra juventud - que el mejor político es aquel que promete obras como puentes, carreteras, escuelas, universidades, veredas, represas, canales y hasta coliseo de gallos. Esto no es malo necesariamente, pero al parecer, la nueva forma de hacer política ha prescindido de una visión de desarrollo. Tal es así que gran parte de las promesas de campaña se asociaron a ladrillo, cemento y fierro. Esto también, se proyectó en las promesas educativas pues estuvimos bombardeados de ofrecimientos en forma de uniformes, libros, zapatillas, capacitación y desayunos escolares. Pero escasearon las propuestas entendidas orientadas a cristalizar nuestro olvidado Proyecto Educativo Nacional. En síntesis, se estuvo enseñando a las nuevas generaciones y reforzando en los adultos que para hacer política ya no valen las ideas sino la “viveza criolla”, el ser “mosca” y el contratar a los mejores asesores de marketing político.

Quizá este circo tragicómico que es la política peruana espanta a mucha gente honesta, preparada y comprometida que desea hacer algo por el país. Quizá el “otoronguismo” y la falta de transparencia es lo que invita a muchos oportunistas, improvisados y lobistas al congreso para servirse en paila un lomo a lo pobre de favores, beneficios y jugosas ganancias. Quizá la pedagogía que viene del ámbito político ha sido tan fuerte que las grandes mayorías esperan justamente estas conductas en quienes serán los próximos padres de la patria. Quizá hayan excepciones, pero son solo excepciones.

Esta ha sido una pincelada de lo que probablemente se enseñó en torno a la política por parte de nuestros propios políticos. Pero aún, y con este panorama tan pesimista, considero que podemos revertir esta situación si es que desde la escuela, la familia y todo ámbito social promovemos criterios para suscitar la toma de distancia y abierta desaprobación de todo este circo de mal gusto y carente de talento. ¡Es momento de que las escuelas puedan hacer un alto para que reflexionen conjuntamente con sus estudiantes en torno a esta problemática! Esta es la mejor coyuntura para poder enseñar en nuestras instituciones educativas valores cívicos, actitudes democráticas y criterios para enjuiciar críticamente el acontecer político nacional.

martes 22 de febrero de 2011

La educación en la agenda política, la educación en boca de todos


Fuente: Publicado en el diario La Voz (Arequipa) el 25 de febrero de 2011 (p.6)


(*) Iván Montes Iturrizaga


La problemática educativa está nuevamente de moda en esta coyuntura de elecciones presidenciales y de renovación parlamentaria. De ahí que ahora, y justo cuando están en campaña, los políticos coinciden en reconocen que sin una buena educación básica, técnica y superior no alcanzaremos un desarrollo social verdadero.

Sin embargo, y a pesar de este consenso acerca de la importancia de la educación en los destinos de nuestro país, se percibe en los discurso una gran simplificación con respecto a qué y cómo hacer para revertir nuestra preocupante situación. Para comenzar, llama poderosamente la atención la facilidad con que nuestros nuevos y viejos políticos hablan del tema educativo convencidos de que con dos o tres medidas coyunturales las cosas se arreglarían por arte de magia. Esto es preocupante, pues al parecer, seguimos en el errado paradigma peruano de que liderar el sistema educativo es una tarea fácil (“papayita”) y que se puede prescindir de equipos técnicos del más alto nivel. Es más, en el Perú existe tan poco respecto por lo educativo por parte de la clase política que se cree que uno puede aprender ya siendo ministro, director nacional, gerente regional de educación o especialista. Este es un problema de fondo y un gran impase histórico – y una forma de violencia profesional muy arraigada en el ámbito educativo - que nos remite a la falta de liderazgos entendidos capaces de movilizar a la sociedad en pro de un proyecto educativo nacional.

Pero es probable que los políticos no sepan que tenemos muchas disciplinas que estudian e intervienen sobre los fenómenos educativos y que son integradas en lo que se conoce como las ciencias de la educación. O quizá no conozcan, que en el Perú y en gran parte de América Latina, tenemos muy buenos centros de investigación que han desarrollado estudios muy rigurosos sobre el impacto de determinadas medidas en los sistemas educativos. Estas evidencias empíricas son tan abundantes ahora, qué en las últimas décadas, expertos provenientes de los centros de investigación y ONG de reconocido prestigio – del Perú y del extranjero- han advertido hasta el cansancio lo contraproducente de muchas de las medidas ejecutadas. Esto es penoso, pues con un sistema educativo plagado de marchas y contramarchas difícilmente levantaremos cabeza frente a los otros países de la región.

Pero también, contamos en nuestro medio un gran contingente de estudiosos, consultores y maestros con exitosas experiencias que bien podrían generalizarse progresivamente a fin de que muchos más sean los beneficiados. Paradójicamente, y pesar de contar con información fiable y talento disponible, la mayoría de los políticos confían en sus intuiciones, en sus prejuicios y en asesores poco versados en la materia.

Como consecuencia de este escaso respeto que se tiene por lo educativo gran parte de los políticos se sienten con el derecho de hablar sin fundamento sobre lo que sería lo más apropiado para mejorar la calidad de nuestra educación. Lo que más preocupa de estas propuestas – aparte de su precariedad técnica- es la falta de una visión integral o sistémica para comprender la realidad y proponer mejoras. Así, las propuestas, mayormente de quienes aspiran a una curul en el congreso, se presentan como intenciones cosméticas y poco pertinentes para alcanzar la tan ansiada calidad con equidad. Por ejemplo, algunos se han abocado a prometer becas a los mejores alumnos. Otros, pretenden mejorar al profesorado usando la evaluación como medio de presión. Y no pocos desean desarrollar sistemas de incentivos a la luz de los resultados de los estudiantes en las pruebas estandarizadas de la Unidad de Medición de la Calidad del MINEDU. Esta situación llegó a su punto más bajo en la última Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) desarrollada en Cusco y en donde las propuestas educativas de los candidatos a la presidencia dejó el sin sabor de que no tenemos más que buenas intenciones.

En este carnaval de propuestas tampoco faltan las visiones meramente cuantitativas que propugnan simplemente por más capacitación, por más evaluación, por más computadoras o por más textos. Esta forma de ver la realidad – reduccionista en el fondo- pasa por alto las preguntas más importantes con respecto a las cualidades deseables que estos despliegues tendrían que tener. Cabe recordar, que para este tipo de posturas todo está bien en el sistema educativo y solamente tenemos que enfrentar desafíos asociados con la extensión de que supuestamente se viene haciendo de manera correcta.

Si bien todos tenemos el derecho de hablar, opinar y proponer en materia educativa, es preocupante que siendo la educación un asunto tan importante se concentren las principales decisiones en manos de personas con escasa o nula preparación en la materia. También, es inaceptable que sea la educación el salvavidas de muchos candidatos al congreso que carecen de formación y experiencias relevantes – mayormente deportistas, empresarios y gente de la farándula - como para ser aportes en el ámbito legislativo. Y en este punto caen casi todos los candidatos al congreso que han sido invitados solamente por su carisma y popularidad que rápidamente aprendieron el secreto de hablar de educación cuando no se tiene nada o muy poco que decir respecto a algo. ¡Qué tal raza!

Tenemos en el Perú un gran desafío en el sector educación, y quien sabe, el principal problema no sean los maestros ni la falta de presupuesto, sino más bien, la manera en que se piensa y se toman las decisiones al interior del sector. Todo esto, mantiene las cosas como están a pesar de los significativos avances que lamentablemente pierden su impacto debido a que no se han percibido las problemáticas desde una concepción sustentada e integral. Esperemos que nuestros nuevos gobernantes no solo hablen de la importancia de la educación, sino que también, sean capaces de respetar este campo tan especializado y rico en evidencia empírica, expertos y sabiduría que ojalá sean tomados en cuenta por el bien de todos.

(*) Psicólogo y Doctor en Ciencias de la Educación de la PUC de Chile. Investigador y consultor para organismos internacionales. Es Presidente de la Comisión Organizadora de la Universidad La Salle.