
Publicado en la Revista Signo Educativo, enero y febrero 2012
¿Educar o informar ante los accidentes de tránsito?, cuando el saber no es suficiente
(*) Iván Montes Iturrizaga
Los accidentes de tránsito son el pan de cada día en el país, y en especial, en Lima nuestra ciudad capital. Tal así, que todas las mañanas los titulares de los diarios y los noticieros nos ilustran sobre la cantidad de choques, muertos y personas heridas en estos hechos que poco tienen de casuales. Ante esto, pareciera ser que los peruanos nos hemos insensibilizado – o resignado - ante las macabras cifras que no se reducen a pesar de las bien intencionadas medidas gubernamentales y organismos vinculados a la problemática del transporte.
Quizá, las medidas no son lo suficientemente sistémicas como para tener el impacto deseado. O tal vez se está pensando erróneamente que los accidentes de tránsito en el Perú se ocasionan por el desconocimiento de las reglas y de ahí los programas de “educación vial” emprendidos por el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones. Tampoco faltan los que creen que los accidentes se ocasionan ante la antigüedad de nuestro parque automotor.
Hay que reconocer que este problema de los accidentes de tránsito es sumamente complejo y ameritaría decenas de medidas en simultáneo junto a nuevos marcos legales mucho más exigentes con los infractores. Sin embargo, en que respecta a la educación probablemente se ha hecho muy poco (profesionalmente hablando) y se podrán estar confundiendo los planos. Pues se verían como sinónimos el “educar” con el “informar”.
El “educar” implicaría –entre otras cosas- desarrollar sensibilidad, actitudes, valores y disposiciones ciudadana de respeto a los otros. En este sentido, el educar en temas de vialidad no necesariamente tendría que estar centrado en las reglas, sino fundamentalmente, en la instauración de pensamientos racionales, emociones saludables y comportamientos adecuados en todos los ámbitos de la vida en sociedad e incluyendo el mundo del transporte. De esta manera, una adecuada educación vial (o más bien ciudadana) tendría repercusiones en todas las esferas de la vida social.
Por otro lado, el informar es traspasar a los otros las reglas, las normas y las sanciones correspondientes bajo la creencia de que el caudal de datos en estos aspectos tendría la suficiente potencia como para hacer que las personas se conduzcan con propiedad. ¡Cosa más falsa!, ¡No nos engañemos por favor! Las charlas, los cursos a los conductores de transporte público como privado no podrían ser las medidas principales. No tapemos el sol con un dedo al pensar que la gente se choca en el Perú por no tener las reglas en su “cabeza”. La información es muy importante, pero tendría que estar inmersa en un entorno de real educación y no al margen.
Adicionalmente, podríamos afirmar que los accidentes de tránsito en el Perú no tienen nada de accidentales (accidente = casual o inadvertido), pues la gran mayoría de estos, nos remiten a imprudencias, al pensamiento mágico (“a mí no me pasará”) y a la irresponsabilidad en el consumo de bebidas alcohólicas. En otras palabras, en nuestro país los accidentes de tránsito tienen mucho que ver con una idiosincrasia muy común entre nosotros y que se proyecta en las calles, en las instituciones, en los centros comerciales, en las plazas, en la política y en los restaurantes, entre otros muchos escenarios.
En este contexto, el meterse contra el tráfico, el invadir el carril contrario, el ingresar a una estación de gasolina por la salida, el arrojar la basura desde los autos, el manejar entre “Pisco y Nazca”, el exceder los límites de velocidad, el estacionar en lugares para personas discapacitadas, el pasarse la luz roja, el no usar las luces direccionales para cambiar de carril, el no respetar el derecho de preferencia a los que están circulando en un óvalo, el no respetar la señal de “PARE”, el parquear donde no está permitido, el no tener en buen estado la luz de freno, el adelantar en carreteras por la pista auxiliar, el detener una unidad de servicio público donde sea y el tocar el claxon para que cambie “más rápido” el semáforo a verde (entre otras perlas) no son las causas sino las consecuencias del lado más penoso de una creciente subcultura individualista y depredadora que no cambiará con simples sesiones de información. Sería también innumerable la lista de imprudencias que caracterizan a los peatones peruanos en especial de las urbes. ¡Todo un necrológico deporte de aventura el ser conductor y persona de pie en el Perú!
Ante lo expuesto, y dada la complejidad de esta problemática, los educadores (y las familias) tendrán la misión de educar esas disposiciones humanas favorables para la vida respetuosa y bajo una visión más amplia. De esta manera, el educar de manera integral a las personas abarcaría también a la educación vial, y seguramente, sin necesidad de instaurar en los alumnos un conocimiento pormenorizado del Reglamento Nacional de Tránsito. De hacerlo así, probablemente se reduzcan las cifras de sangre que se van contabilizando por miles en nuestras calles y carreteras.
(*) Psicólogo Educacional y Doctor en Ciencias de la Educación de la PUC de Chile. Es Presidente de la Comisión Organizadora de Universidad La Salle (Arequipa).